jueves, 9 de junio de 2016

el principio


No nacimos de un repollo

 

Los Gerchunoff

La verdad es que no sabía mucho de la familia materna. Sólo sabía de la existencia de un tío de mi mamá famoso por haber escrito “los Gauchos Judíos”.

Mi abuela había fallecido cuando mamá era muy joven. Tal vez por eso no nos llegaron los cuentos de la familia de la mano de la abuela.  Sólo ahora de grande he seguido la huella que dejaron,  movida por la curiosidad y para dejarles a las generaciones que siguen el relato del origen de sus familias en la Argentina.  

Hoy, con la existencia de internet, teléfonos de larga distancia, teléfonos celulares y toda forma de comunicación moderna, resulta difícil entender el desgarro que significaba la partida hacia tierras desconocidas. Era quemar las naves. Era perder todo contacto. Pero era preservar la vida, ya que su exilio voluntario se produjo para escapar de las terribles circunstancias de la Europa oriental de fines del siglo XIX. La literatura es pródiga en relatos de los horrores vividos por los judíos en la Rusia de los zares y en otros territorios de la Europa oriental en la que estaban autorizados a instalarse. Los pogromos dejaban secuelas de muertes, huérfanos, mujeres violadas y destrucción. La posibilidad de la reiteración de esta violencia aterrorizaba a las familias judías que buscaban horizontes de libertad y seguridad en tierras lejanas. La Argentina era una de esas. Pero la emigración tampoco era un lecho de rosas.

Abundan los relatos de las alegrías y dolores de la gesta migratoria. El más ilustre de nuestros antepasados – Alberto Gerchunoff  - dejó plasmada la vida de los colonos que buscaban libertad en la Argentina en Los Gauchos Judíos. Pero esta es una historia genérica y bastante suavizada de lo que fue la llegada de los judíos centro europeos a nuestras tierras. Poco nos han legado de la verdadera historia de la familia. Sabemos que su vida en estas tierras estuvo marcada por el sufrimiento inicial provocado por la muerte del padre. Pero también sabemos que estuvo signada por el progreso social y cultural, que los descendientes de aquellos colonos fueron personas educadas entre los que hubo escritores, médicos, abogados y profesores. Lo que sabemos surge de la observación de las vidas de nuestros padres, de los relatos de algún pariente que finalmente habló y de lo que hemos ido recordando fragmentadamente  entre todos.

Si bien esta no es una historia formal de la familia, es un intento de recordar la vida de nuestros antepasados, cuyo enorme sacrificio  nos dejó una herencia de valores universales por los que vivir y convivir y que en forma inconsciente les hemos transmitido a nuestros hijos. Para ellos, y sobre todo para nuestros nietos,  escribo estas páginas.

 

 

 

 

 

 

Teníamos unos días libres en el 2009 y decidimos ir a visitar las Colonias en Entre Ríos y Moises Ville en Santa Fe. Me puse a buscar en Internet y a través de la página web me contacté con la gente que organiza el tour. Así fue que reservamos una habitación en un hotel en Villaguay y al que nos vino a buscar Panela, responsable de la organización de la visita. Como le había anticipado que era descendiente de Alberto Gerchunoff, además del recorrido, me tenía preparada una sorpresa. Una reunión con una pariente. Fue la primera noticia que tuve de que aún vivían en Entre Ríos descendientes de los Gerchunoff de Ucrania.

Desde que los judíos se asentaron en distintas regiones de la Europa central y oriental, su vida se vio reiteradamente alterada por persecuciones, deportaciones forzadas y restricciones. El antisemitismo era y sigue siendo, moneda corriente. En el siglo XVII el territorio había sido asolado por pogroms. Bohdam Khmelnytsky, héroe ucraniano que favoreció a los cosacos, usó a los judíos como chivos expiatorios y permitió, o promovió, la concreción de los disturbios antijudíos en la región. Decenas de miles de judíos fueron masacrados, sus mujeres violadas y sus casas y comercios destruidos. Pero los pogroms no fueron hechos aislados, restringidos al siglo mencionado. Se repitieron a lo largo de los años en toda la zona que partir de Catalina la Grande se llamó “el asentamiento del Pale” (The Pale of Settlement). De límites imprecisos y cambiantes, comprendía gran parte de los territorios de lo que hoy son Lituania, Bielorrusia, Polonia, Moldavia, Letonia, Ucrania y la parte occidental de Rusia. En esta zona se autorizaba, con enormes restricciones, el asentamiento de los judíos.

Las restricciones incluían la prohibición de la adquisición de tierras y otros bienes raíces, la de estudiar en escuelas comunes, la de residir en las ciudades, la de acceder libremente a estudios universitarios. Es así que la gran mayoría de los empobrecidos judíos habitantes del Pale, vivían en pequeños pueblos – los famosos Shtetl – dedicados al comercio o directamente al trueque.

Algunas familias tenían autorización para vivir en ciudades más importantes. Tal el caso de los Gerchunoff que vivieron primero en Proskurov. Según cuenta Alberto Gerchunoff en sus memorias, sus “abuelos eran gente rica, fundadores de aldeas, emprendedores enérgicos que aseguraron a sus descendientes contra las arbitrariedades normales del imperio con el fuerte pago de Derecho de Perpetuación, derecho que los comerciantes de alta categoría y conducta intachable, lograban, obteniendo beneficios legales que los equiparaban a hidalgos secundarios” (A. Gerchunoff: Entre Ríos, Mi País – Ed. Plus Ultra 1973).

Entre 1881-1883 recrudecieron los pogroms. Tal vez como consecuencia de la inseguridad en la ciudad de Proskurov la familia se mudó a Tulchin. Mi bisabuelo, Gregorio Gerchunoff,  era rabino, pero rabino secular, no religioso.  Era un hombre sabio y generoso, pero poco hábil en los negocios, con lo que no pudo conservar el pasar económico que había logrado su padre. Según Alberto, la llegada del ferrocarril (el bisabuelo tenía una posta) y la guerra amenazaron el precario pasar que para ese entonces tenía la familia. Pero además la vida en Tulchin tampoco ofrecía seguridad.

Deslumbrado por lo que leía sobre las colonias en la Argentina, la familia decidió partir rumbo a esas remotas tierras que para el bisabuelo eran como la tierra prometida: una república de hombres libres. Se habrían embarcado – probablemente -   en el puerto de Hamburgo  en alguno de aquellos famosos barcos que traían a los colonos en 3ª clase, con pasajes otorgados por la Jewish Colonization Association (JCA) que patrocinaba el Barón Hirsch. Quién sabe qué anhelos y qué esperanzas de libertad y futuro habrían albergado cómo para arriesgarse de esa manera, sin conocer el lugar, el idioma ni las costumbres. Era tanto el temor a la violencia antisemita que al cruzar la frontera hacia Alemania, el bisabuelo le pidió al su hijo – Alberto -  que “recordara a aquel cosaco severo y tosco” que sería el último que vería en su vida.

Para muchos de los colonos que llegaron a estas tierras, el sueño era que sus hijos tuvieran las posibilidades que a ellos les habían sido negadas: propiedad de la tierra, estudios superiores, títulos universitarios. El dicho en toda esa zona fue que los que vinieron de Europa oriental “sembraron  trigo y cosecharon doctores”. Pero sobre todo, Libertad.

Lamentablemente el rastro de lo ocurrido en el viaje se pierde en la frontera con Alemania. No nos han llegado datos sobre el puerto real de embarque, sobre el barco en el que llegaron, ni sobre el traumático desembarco en estas tierras lejanas.

Lo que nos ha llegado de lo ocurrido al llegar a la Argentina es bastante confuso. Sabemos que llegaron a Moises Ville, provincia de Santa Fé, en algún momento entre 1889 y 1891. Se instalaron en Moises Ville en unas carpas.  Sabemos, por los relatos de Alberto Gerchunoff, que el bisabuelo causó polémica entre sus congéneres por su negativa a rezar la oración por el emperador primero y su rechazo al rezo por la liberación. Esta oración integraba el ritual desde el cautiverio posterior a la destrucción del templo. Según relata Alberto, el bisabuelo consideraba que ese rezo no tenía sentido en la liturgia en un país de libertad. Pero muy poco más sabemos de su vida en esa pequeña colonia de Santa Fe donde estuvieron poco tiempo como consecuencia del asesinato del patriarca de la familia.

Alrededor del asesinato de Gershon (Gregorio) se ha creado una leyenda, que como tantos relatos familiares, tiene muchas versiones, todas ellas igualmente inconsistentes. La primera  versión que nos llegó es la que cuenta Alberto Gerchunoff en “Los Gauchos Judíos”. La misma versió es la que se relata en su autobiografía “Entre Ríos, Mi País” que se publicó muchos años después de su muerte. Según ese relato, parecería que al bisabuelo lo mató un gaucho borracho en o cerca de Pesaj. Sin embargo la tumba del bisabuelo, una de las primeras del cementerio de Moises Ville sobre el perímetro del cementerio como corresponde a una muerte violenta, está fechada el 12 de Febrero de 1891. A pesar de que la fecha de Pascua (Pesaj) es variable, nunca es tan temprano como Febrero. Según todas las investigaciones realizadas, tampoco esta fecha sería correcta.

 


 

En la segunda versión, que es la que te cuentan en Moises Ville, un gaucho atacó sin causa alguna y mató de un cuchillazo al bisabuelo a través de la tela de la carpa en la que se alojaba.  La versión que circulaba en la familia era algo distinta. Vinculaba el ataque a un problema de idioma. Aparentemente el gaucho – borracho, en eso coinciden los relatos – pedía insistentemente la mano de la hija mayor, Sofía. Nadie entendía bien qué era lo que demandaba con tanto énfasis, motivo por el cual el bisabuelo optó por ofrecerle pan. El gaucho parece que no se conformaba con el trueque y por eso atacó. No sólo mató a Rab Gershon, sino que además hirió a la bisabuela y a Sofía. Si bien los detalles no figuran en la autobiografía, ésta si da cuenta de las heridas de las 2 mujeres.

Lo cierto es que el bisabuelo murió en Moises Ville y fue enterrado en el cementerio antes de que el camposanto fuera consagrado como tal. Los únicos que lo precedieron fueron los niños muertos de fiebre tifoidea en Palacios esperando que aparecieran las tierras y los responsables de su asentamiento. Los colonos los enterraron en barriles con cal y luego los trasladaron al cementerio.

La familia decidió no quedarse en tierras de Santa Fé, y se mudó a Entre Ríos. Su nuevo destino fue Rajil, cerca de Domínguez en la región de influencia de Villaguay. Allí partió la viuda, Anna Korenfeld, con sus 5 hijos: Alberto, Bernardo, Sofía, Rosa y Cecilia. Pero no vivieron mucho tiempo en la provincia. Para 1895 ya estaban en la Capital Federal.  

En la primera investigación, busqué en la versión digitalizada del censo de 1895. Allí encontré a la familia residente en Rajil- los Gerchenoff. Pero no a la familia de mi abuela.  

 



Solo mucho después, cuando los hijos de Tulio Halperin buscaban datos de sus antepasados Halperin, encontré la página del censo de 1895 en la que figuraba toda la familia en Buenos Aires.

Aquí el facsimilar de la página del censo encontrada en Internet.


El primero que aparece es Hirsch Halperin. Inmediatamente debajo aparece Sasel, que seguro era como la llamaban en Idisch a la tía Sofía. Debajo de ella sigue Anna y lo que parece ser Herschenov, (sin embargo, revisando los datos tipeados del censo de 1895, en el sitio descubrí que los anotaron como Herschenoa) de 45 años Rusa y viuda; debajo de ella aparecen Boris (Bernardo) Sizilia (la tía Cecilia, madre de Ana Kantor), Ruchele (mi abuela Rosa, que por lo que dice aquí, bien podría haberse llamado Raquel) y Abram (Alberto) de 14 años y cigarrero que era lo que hacía el famoso autor de los Gauchos Judíos en esos primeros años en Buenos Aires. Le sigue Herson (que en realidad era Gershon – Gregorio – el mayor de los Halperin que como correspondía en esa época, llevaba el nombre de su abuelo muerto.

Me imagino las peripecias del censista que intentaba entender el mínimo castellano de estos paisanos cuyo idioma había sido hasta muy pocos años antes el ruso o el Idisch y que ni siquiera conocían bien las letras del alfabeto latino.

Otra curiosidad es que así como la familia en Buenos Aires aparece en el censo como Herschenoa, la familia de Rajil figura en los papeles como GerchEnoff. En mi cabeza puedo escuchar al censista preguntándole al Sr. Hersch, y Ud ¿Como se llama? Contestación “Gershenov”.

En realidad, el apellido sufrió los embates de los funcionarios de migraciones y también de la transliteración. El original en ruso se escribe con  Ш  que es equialente a la sh. Es la misma letra en hebreo que en ruso.  Alberto en sus memorias  (Entre Ríos, Mi país) cuenta que muchos familiares los fueron a despedir. Sin embargo, horas de búsqueda en google y en archivos de todo tipo, no daban ningún otro Gerchunoff  que no tuviera origen en Argentina.  Si bien muchos pueden haber muerto en la guerra, otros muchos podrían haber emigrado entre 1890 y la segunda guerra. Cruzando el apellido de la bisabuela con la ciudad de origen, obtuve una base de datos de más de 15.000 apellidos de la zona de Podolia, entre los que figuraba GerSHunoff o GerSHunov. De esas dos variantes hay muchos apellidos en el mundo.

De esta parte de la familia entre la memoria propia y los contactos familiares, he podido ir reconstruyendo algunos datos.  Cuando vinieron a Buenos Aires,  vivieron en un conventillo y, según cuenta mi tía Anita, las hermanas necesitaban trabajar para mantenerse. Por eso mi abuela hizo un curso de Alta Costura. Sólo podían costear los estudios de una de las hermanas que tenía la obligación de transmitir sus recién adquiridos conocimientos a las hermanas, a fin de que todas estuvieran en condiciones de trabajar. Con esa habilidad lograda consiguieron trabajo en Gath y Chaves como costureras finas. Se especializaron en vestidos de fiesta. Anita guarda entre sus pertenencias un severo vestido negro de encaje, de esos con los cuellos altos y las cinturas encorsetadas que usaban las damas a principio del siglo XX.

Alberto recorrió, según sus propias memorias, una larga lista de trabajos temporarios - desde matricero a cigarrero – que le permitían conseguir un poco de dinero para aquello que realmente deseaba: estudiar. En el censo figura como cigarrero. Lo interesante es que dice que tiene 14 años. O bien mintieron la edad porque sino era demasiado joven para trabajar, o no nació en 1883 tal como figuraba en el pasaporte con el que salió de Ucrania, y menos en 1884 como dice él que sostenía su madre. La edad consignada en el censo ubica su fecha de nacimiento en 1881, año del comienzo de los pogroms más terribles en Ucrania.

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