Los
abuelos Kurlat 2
Tengo muchos recuerdos de los abuelos paternos
con los que conviví muchos años de mi infancia. Las anécdotas y cuentos son, probablemente,
infinitos, y cada evocación me trae otras memorias.
Ambos, Felix y Assa tuvieron largas vidas y
las anécdotas que contaron, sí llenaron mi imaginación infantil con imágenes de
la vida de mi papá y del entorno en el que vivió su infancia y juventud.
El abuelo Felix era un hombrecito delgado al
extremo, tirando a bajito y con una profusa cabellera gris. Tosía
persistentemente y se abanicaba o protegía del sol con el Idishe Tzaitung,
mientras recorría el jardín de la casa de Acassusso. Estudiaba este diario como
si su vida dependiera de haber leído hasta la última letra.
Viejo… le decía la abuela Assa cuando lo
llamaba. Creo que nunca la escuche llamarlo por su nombre. Había sido
comerciante toda su vida, pero siempre con poco éxito. El abuelo no era un as
para los negocios. Fue viajante de comercio, pomposo título que encubría su
primer oficio de “cuentenik”. Tuvo una librería con su hermano Marcos (un calco
del abuelo, pero con bastante menos pelo), y según me contaron, en alguna época
llegaron a importar pianos que vendían como Pianos Kurlat. Para cuando yo los
conocí, era viejito y vivía en casa.
Era tierno, y con una sonrisa dulce. Cuando
alguien decía: tengo hambre, el abuelo preguntaba invariablemente: Hambre o
ganas de comer. Él y la abuela pasaban bastantes horas del día en la cama. El
mate los acompañaba a la mañana al despertarse, y después de la siesta. El
abuelo hablaba poco, casi como que hablar le demandara mucho esfuerzo. La
abuela hablaba por los dos.
Era muy religioso. Además del diario, leía su
libro de oraciones. Con esa flacura que lo caracterizaba, y a pesar de que ya
era un hombre mayor, ayunaba para kipur. Recuerdo que salía de casa bastante
temprano después de almorzar y no volvía esa noche a casa. Se quedaba en lo de
algún pariente o amigo, y recién volvía después de terminado el ayuno, a la
noche siguiente.
Assa era una mujerona grande e imponente. En
la foto del casamiento, ella sentada y él parado al costado de la silla,
parecen casi de la misma talla. Creo que la abuela le llevaba unos cuantos
centímetros y una montaña de carácter.
Era la única mujer entre 5 hermanos. Según
consta en el censo de 1895, era la mayor, tenía entonces 7 años y era rusa. Sin
embargo, siempre sostuvo que Miguel era mayor que ella. Era muy coqueta y a lo
largo de su vida fue sacándose años de encima. Como única mujer fue muy mimada
y estaba acostumbrada a un buen pasar y a mandar.
Sus fotos de joven, muestran a una mujer bella
e interesante. Tenía un cutis transparente
y poco arrugado para su edad. Me contaba que nunca había usado crema para la cara y que su secreto era lavarse todas las mañanas con agua y jabón blanco de lavar la
ropa. También me contaba que de joven ayunaba para Kipur, pero que como ella
tenía las mejillas siempre sonrojadas, nadie le creía que estuviera sin comer.
Según su relato, la familia vivía muy bien en
Odessa. La pátina de princesa del imperio austro-húngaro le duraba. Entre las
cosas que conservaba de su “noble”pasado, estaban sus cubiertos de plata
monogramados que Blanca, Marta y Mamá repartieron para las nietas mujeres y
unas tasas de café de porcelana finísima, de las que tengo una en la vitrina,
en las que parecería imposible tomar café sin destruirlas.
Trataba muy despectivamente a las empleadas
domésticas. No le duraba nadie y cuando vivieron en casa, Sofía – la cocinera –
se quejaba permanentemente por el destrato. Mi pobre madre tenía que hacer
malabarismos para que no se fuera el personal.
En su casa no se cocinaba kasher, pero la
abuela sumergía la carne en agua con sal “para sacarle toda la sangre” me
explicaba. Tengo un vago recuerdo de la abuela con una mantilla sobre la
cabeza, encendiendo las velas en Shabat. Pasaba las manos tres veces en círculo
sobre las velas encendidas, se llevaba las manos a los ojos, como tapándoselos
y recitaba algo en un idioma incomprensible para mí. Tenía 2 candelabros de
plata altos y muy decorados que creo que aún tiene Lila Liebeschütz, no sé muy bien
porqué, ya que si fueron de la bis, debieron haber pasado a la abuela y de ella
a Marta, siguiendo la tradición de la línea matriarcal que sostenía la abuela,
indiscutible matriarca de la familia.
La recuerdo tejiendo o arreglando alguna ropa.
Pero para otras cosas no movía un dedo. Desde donde se encontrara llamaba a
quien estuviera más cerca para que le acercara lo que necesitaba, así fuera un
pañuelo. Sin embargo, no se privaba de pasearse por la cocina y levantar las
tapas de las ollas para criticar lo que se estuviera cocinando. Hace muchos
años, escribí un cuento, que le causó mucha gracia a Papá, y que refleja muy
bien mi percepción infantil sobre la abuela Assa. Si bien no conservo el
cuento, recuerdo lo escrito.
Un día
en la vida de mi abuela Assa.
El día comenzaba con el mate en la cama. Cuando
la yerba se lavaba, pedía que se lo cambiaran. Terminado el mate, se levantaba
para el desayuno cuando serían como las 9 de la mañana. Desayunaba y miraba el
diario. Después, se volvía un rato a la cama mientras consideraba el esfuerzo
supremo de bañarse.
Una vez tomada la decisión, se bañaba. No
recuerdo bien si se duchaba, pero me parece que en realidad se daba un baño de
inmersión. Se secaba y entalcaba. No usaba perfume. Terminado el baño, agotada
por el esfuerzo, la abuela se volvía a la cama a descansar por un par de horas.
Cerca del mediodía, y para cuando Sofía
empezaba la preparación del almuerzo, la abuela surgía de entre las almohadas y
frazadas, para su paseo por las ollas. La cocinera echaba humo por la boca. Assa
levantaba las tapas de cacerolas, olía el contenido, probaba todo y criticaba
despiadadamente.
Agotada por el esfuerzo de supervisar la
cocina, se volvía a la cama de la que solo se levantaba para comer lo que tanto
había criticado.
Por supuesto, después del almuerzo había que
hacer la siesta. Y así recomenzaba el rito. Se despertaba de la siesta para
tomar el mate y después la merienda. Como a esa hora estábamos en casa, solía
quedarse levantada, por lo menos hasta cerca de las 6 o 6:30 supervisando que
hiciéramos los deberes.
Cuando comenzaba la preparación de la cena, la
abuela emprendía su segundo paseo por las ollas muy compenetrada con su rol de
garante de la buena mesa de la casa. Cuando estaba segura de que todo se estaba
cocinando de acuerdo con las buenas prácticas, la abuela se acostaba hasta la
hora de la cena.
… Así transcurría un día común en la vida de
mi abuela Assa.
A pesar de esta visión crítica, adoraba a mis
abuelos. Eran mi refugio de ternura. La abuela se sentaba a mi lado mientras yo
hacía los deberes y recuerdo sentarme en las rodillas pinchudas del abuelo
Félix que me sonreía y acariciaba el pelo. Cuando mis padres viajaban, los
abuelos se mudaban a la habitación matrimonial del primer piso de la casa para
estar más cerca si necesitábamos algo durante la noche. En mi recuerdo, estaban
cuando los necesitaba y me mimaban y malcriaban, a su manera, a más no poder.
También recuerdo mi sensación de desazón
cuando nos contaron que los abuelos se mudaban al centro. Habían vivido en un departamento en la calle
San José 669 y creo que cuando se casaron Mario y Blanca, les dejaron el
departamento a los recién casados y se vinieron a vivir a casa. Cuando Mario y
Blanca se mudaron a su propio departamento, los abuelos volvieron a vivir a San
José donde funcionó, después, el Laboratorio de Análisis Clínicos de mi tío
Mario.
La abuela tenía algunas joyas. Entre otras
cosas, tenía un par de aros de diamante que usaba permanentemente. Cuando mi
tía Marta estaba por casarse, los abuelos estaban, como casi siempre, en
dificultades económicas. Para colmo Marta se casaba con un Frumkin – gente de
dinero – y la abuela no quería pasar como una pobretona. Para pagar los gastos,
supongo que de la fiesta, vestidos y otros menesteres del ajuar, doña Assa
empeños sus joyas. Esto enfureció a mi padre que rápidamente las desempeñó para
que su madre no se quedara sin ellas. Estaba seguro de que el abuelo no iba a
poder juntar el dinero para rescatarlas y se iban a perder para siempre. Es
posible que esas alhajas fueran heredadas de la bisabuela, legadas – como suele
ocurrir – a la hija mujer. La abuela me solía contar esta historia para que yo
supiera cuán generoso era mi padre. Nunca la escuché de mi padre, aunque algo
me dijo mamá cuando en el reparto de las pertenencias de la abuela Assa no me
tocó ninguna de sus joyas.
Eran una típica familia de inmigrantes que
esperaba grandes cosas para sus descendientes. El folklore familiar contaba que
el bisabuelo Salomón, padre de Assa, había querido estudiar medicina. Se había
trasladado a Berlín para esto. Sin embargo las leyes del momento – el numerus
clausus - que establecía que la
proporción de judíos en la universidad no podía ser mayor a la proporción de
ellos en la población general, se lo impidió.
Para estos inmigrantes, por lo tanto, tener
hijos universitarios era tocar el cielo con las manos y justificaba con creces
el desarraigo que había significado la emigración de su patria. Me imagino el
orgullo del bisabuelo cuando 2 de sus hijos se graduaron de médicos, un tercero
fue ingeniero y el último, bioquímico.
Pero esta introducción es para contar una de
las anécdotas más risueñas que me contaran la abuela y papá. En las primeras
décadas del siglo XX en Buenos Aires, como seguramente en la mayor parte del
mundo, las señoras de clase media y alta generalmente no trabajaban y eran
pocas las que elegían estudios universitarios. Con tiempo de sobra, solían
reunirse a tomar el té e intercambiar chismes. Entre las amigas de la abuela,
había una – Doña Clotilde Jasovsky – que en oportunidad de una visita a la
abuela sometió a papá a un interrogatorio sobre sus proyectos futuros.
Específicamente, le preguntó que iba a estudiar. Papá, con mucho orgullo le
contestó que iba a estudiar INGENIERÍA. Sin inmutarse, con ese típico acento
del que habitualmente hablaba idish:
Doña Clotilde: ¿Cvuantos anios son
Ingueniería?
Papá (tranquilamente,
como fue siempre su costumbre): Seis años
Doña Clotilde: Y entonces, ¿Por qué no estudiás medicina? …
La abuela era bastante manipuladora. Su hijo
Miguel se casó con la Negra (Cecilia Blank) que era muy tradicionalista y
sionista. El matrimonio se preparaba para hacer Aliá lo antes posible. Cuenta
la tradición familiar que la abuela se encerró en su habitación y no habló con
nadie hasta que obtuvo lo que buscaba: que los recién casados desistieran de
sus planes de emigración al recientemente creado Estado de Israel.
Pasaron los años y finalmente la familia de
Miguel emigró a Israel. Cuando la abuela rondaba los 80, se planeó un viaje a
Israel. Había que sacar pasaporte – en realidad renovar su pasaporte ruso ya
que la abuela tenía documento como residente extranjera permanente. Enterada de
esto, la abuela se trancó en que ella como rusa no viajaba. Todos intentaron
razonar con ella, pero fue inútil.
Me mandaron a que lo intentara yo. La abuela
me miró y muy tranquila, pero muy firme me dijo:
-
Cuando tu papá tenía 7 años, lo
llevé al colegio para comenzar su educación formal. Nadie me preguntó nada,
nadie me cuestionó que fuera judío. La maestra muy amable, lo tomó de la mano y
lo llevó al aula. ¡YO COMO RUSA NO VIAJO!
Así fue como a los 80 años, la abuela Assa se
convirtió en ciudadana argentina. Vino un comisario a tomarle el juramento de
oficio a su casa, conmovido hasta las lágrimas de ver a esta anciana orgullosa
de su pasaporte argentino.
Como dijera anteriormente, los abuelos se volvieron
a vivir a San José 669. Pasados unos cuantos años allí, estaban bastante
mayores y además su espacio vital se había reducido ya que en ese departamento
funcionaba el laboratorio de Mario. Por ese motivo, se compró un departamento
viejo y muy agradable en Rodriguez Peña, creo que 1256. Quedaba a una cuadra de
lo de Blanca y Mario y a tres cuadras de la casa de Marta y Guido. Era un
edificio bastante señorial, con una entrada grande de puerta de madera pintada
de verde y un gran herraje de bronce. Tenía un living comedor con parqué de
roble de Eslavonia, 2 dormitorios, un baño, cocina, lavadero y un cuarto de
servicio pequeñito. Era bastante antiguo pero muy apropiado para los abuelos.
Tengo entendido, si la memoria no me engaña, que ese departamento estaba a
nombre de mamá y Blanca. Los abuelos vivieron allí hasta su muerte.
Cuando yo cursaba el ingreso a la facultad,
muchas veces me quedaba a dormir en ese departamento para no depender del tren,
especialmente cuando tenía algún examen a la mañana temprano.
A medida que el abuelo se fue debilitando cada
vez más, hubo que reemplazar la cama del 2º dormitorio por una cama ortopédica.
El abuelo ya no se levantaba. Si siempre había hablado poco, ahora hablaba
nada. Pero su sonrisa y la luz en sus ojos hablaban por él. Yo iba seguido y me
sentaba al lado de la cama. Le leía el diario, o le contaba cosas de mis
estudios. Una mañana se despertó y cuando le ofrecieron el desayuno, dijo que
quería dormir un poco más. Nunca se despertó.
Era la época en que yo estaba en Bet El y le
pedimos a Marshall que fuera como rabino a su entierro. Le contamos un poco
sobre el abuelo. Sus palabras ante la sepultura fueron muy dulces: fue un
hombre tranquilo, que vivió una vida tranquila, tuvo una muerte tranquila y lo
enterramos en un día tranquilo. Falleció el 12/07/1967 y su entierro fue
efectivamente en una fría y soleada mañana, con un magnífico cielo azul de
invierno.
La abuela vivió unos años más. Estuvo presente
en mi casamiento, aunque en ese momento ya tenía algunos signos de deterioro.
Recuerdo que la vino a ver un gerontólogo que se quedó muy impresionado por el
estado general de la abuela. Por su piel, su vista y su voz, no parecía una
mujer cercana a cumplir los 87 años. Le contamos que la madre de Assa había
fallecido a los 97 confesados.
A mí, hoy, las cuentas no me cierran mucho. Si
como dice la planilla del censo, en 1895 tenía 31 años, entonces la bis nació
en 1864. No he encontrado los datos del año de su fallecimiento, ya que los
registros digitalizados no incluyen registros tan antiguos. Pero vivía en 1954,
porque yo la recuerdo más o menos para esos años viviendo en casa. Tendría
entonces unos 90 años. Si hubiera vivido hasta los 97 hubiera fallecido en 1961
y yo, en ese caso, la recordaría perfectamente. Ya papá solía decir que no le
hiciéramos caso a la edad de la bis; de joven se sacaba años, y cuando le fue
útil, empezó a agregárselos.
Sea como fuere, para la década del 50, la bis
había superado varias veces su expectativa de vida al nacer. Y la abuela, no
solo que no parecía los 87 que sí tenía, sino que además casi no necesitaba
anteojos para enhebrar una aguja, y no porque la presbicia hubiera venido a
corregir una miopía enorme - tal como le pasaba a papá, que siendo muy miope,
se sacaba los anteojos para leer de cerca. Su cutis era increíble y si bien
tenía arrugas, no se parecía al pergamino que habitualmente lucen las personas
de tanta edad.
El gerontólogo miró a mi tía Marta, que nunca
uso anteojos para leer, y a sus hijas y decretó que éramos una familia de
longevas constitucionales transmitida por vía femenina. A pesar de la
longevidad evidente, la abuela falleció ese mismo año de 1973. Para ser más
exactos, doña Assa, fiel a su misión en esta tierra falleció el 31 de diciembre
de 1973 a las 23:45 cosa de que aguarnos el festejo de fin de año.