miércoles, 17 de mayo de 2017


El Casamiento del abuelo Leon

Por motivos que no vienen al caso, necesitaba el certificado de matrimonio del abuelo León. No sabía ni el año ni el lugar en que se había llevado a cabo la boda. Antes de pedir la búsqueda en el registro civil de la Ciudad de Buenos Aires, consulté con los parientes cercanos. Ninguno tenía ni idea de cuando se habían desposado León y Rosa. Todos suponíamos que habían formalizado matrimonio, porque no parecía estar en el espíritu de la familia, a principio del siglo XX, recurrir al concubinato. Además, suponíamos que estaban casados porque los abuelos descansan en la misma tumba. Sería altamente improbable que las autoridades religiosas que controlan los cementerios comunitarios, hubieran permitido esto si no había una Ketubá (Contrato de Matrimonio) y la correspondiente documentación que asegurara el parentesco entre León y Rosa. Llamé a la AMIA pero me dijeron que los registros de principios del siglo XX no estaban digitalizados y se perdieron con mucha otra documentación cuando voló el edificio en 1994.  

Con mi primo Quique sacamos cuentas y calculamos que el paso por la formalidad del registro civil debería de haber ocurrido antes de septiembre de 1912 ya que Ana Sofía, la mayor de los hijos de León y Rosa, nació el 31 de mayo de 1913.

También necesitaba el certificado de defunción del Abuelo. Conseguir este documento, también era un trámite engorroso. El abuelo falleció en un geriátrico y ninguno se acordaba demasiado donde quedaba esta institución. Tampoco sabíamos si el certificado era de provincia o de capital. No nos acordábamos demasiado bien de la fecha en la que murió.

Por suerte, yo sabía que el abuelo está enterrado en Liniers y AMIA tiene un programita de búsqueda de sepelios. Asífue posible saber la fecha. Así fue posible encontrar el dato exacto de a fecha de defunción. Se me ocurrió averiguar si para enterrar a alguien se deben registrar los datos del certificado de defunción. Por lo que llamé al cementerio Israelita de Liniers y pregunté. Me dijeron que efectivamente en el acta de entierro, que tienen la obligación de conservar, están los datos. Pero también me dijeron que, lamentablemente, el funcionario que custodia esos datos estaba de vacaciones hasta unas cuantas semanas después.

Con muchas dudas sobre el éxito de la gestión, recurrí al Registro Civil de la Ciudad de Buenos Aires para solicitar toda la larga lista de certificados. Para todos tenía las fechas exactas, incluyendo circunscripción, tomo y folio. Para el certificado de defunción solo tenía fecha. Para el de matrimonio ni eso. Les di un margen de fechas que iban desde 1910 a 1913. Entre Ana y Mamá había menos de 2 años de diferencia por lo que supuse que mi abuela debía ser una persona bastante fértil y por lo tanto seguramente habría quedado embarazada razonablemente cerca de la fecha de su casamiento.

Para mi gran sorpresa, pasadas unas cuantas semanas me mandaron un mail diciéndome que las partidas solicitadas estaban listas para ser retiradas. Todas menos el certificado de matrimonio.

Concurrí a retirar la documentación en la fecha y hora acordada. Cuando pregunté por el certificado de matrimonio la funcionaria del registro civil, muy amablemente, consultó el estado del trámite en la computadora. Su respuesta fue interesante. Me dijo que como los registros tan antiguos no estaban digitalizados, lo estaban buscando manualmente. Se me cayó el alma al piso. Calculé que la probabilidad de que encontraran esta documentación debía ser muy baja. Buenos Aires tenía en 1910 más de 1.000.000 de habitantes. Encontrar esta documentación me parecía una utopía . La ciudad contaba con 20 circunscripciones y buscar en todos los documentos de los distintos registros civiles de las 20 secciones entre los años 1910 y 1913 era casi un imposble.   

Todo este trámite lo inicié en la segunda semana de marzo.  Pasó todo abril sin que tuviera noticias. La primera semana de mayo me llegó un mail diciendo que pidiera el turno correspondiente porque el certificado de matrimonio de León Weber estaba listo para ser retirado.

Recién conseguí turno para el día de hoy, 17 de mayo a las 14:15

Partí de casa con el tiempo suficiente para llegar y retiré el papelito con el número de orden de llamada exactamente a las 14:14:40. Debe ser la educación británica la que hace que me ponga nerviosa si no llego puntual.

Cuando me dieron el papel, me temblaban las manos. Pero como estaba tan cerca del cierre de las actividades del día pagué el timbrado de todos los documentos y salí sin detenerme a leer el contenido. Como el resto del trámite incluye la legalización de toda la documentación y ya era tarde, opté por ir hasta el Gato Negro a comprar especies, tomar un café y leer detenidamente el certificado.

Los abuelos se casaron en el Registro Civil de la Capital, sección 9 - Balvanera Oeste - , cuya dirección exacta todavía no he podido localizar, el día 24 de agosto de 1912 a las 13 hs. Fueron testigos Felix Letichevsky y Miguel Wolovik, marido de la tía Cecilia, cuñado de la novia.

En el documento figura la dirección en la que vivían el novio, la novia y su madre: Dean Funes 583 sin más aclaración. Eran solo las 3 de la tarde y no tenía mucho más que hacer. Me intrigó saber dónde quedaba esa casa. Busqué la dirección por Google y vi que todavía existe. Pagué mi café y tomé el subte en Callao y Corrientes y la combinación con la línea H en Pueyrredón y Corrientes hasta la estación Venezuela.

El barrio no resulta demasiado atractivo, pero yo tenía un propósito bien definido. Encontrar la casa en la que vivió mi abuela. Caminé 2 cuadras hasta Dean Funes y una cuadra por esa calle. Antes de llegar a la esquina estaba el edificio.

El número que está colocado sobre una reja, corresponde al comienzo de un pasaje. Aquí van algunas fotos. No saqué más porque la zona no me resultaba amigable como para andar mostrando un celular interesante. Esperé a que no hubiera nadie a la vista y disparé unas 3 fotos. Las primeras delante de la reja y las otras desde enfrente como para que se viera mejor la casa. Se trata de una construcción de 3 pisos en la que hay múltiples viviendas tal como resulta de la innumerable cantidad de puertas que hay.  

Una vez en casa busqué la dirección en Google. Ahí descubrí que Dean Funes 583 es en realidad el Pasaje José Verdier. Este Sr. Construyó el edificio en 1911 para viviendas de alquiler. Son casas chorizo, algunas de las cuales dan sobre el pasaje que lleva su nombre y otras dan sobre Dean Funes con números diferentes.

Yo sabía que mi abuela en 1895 vivía en un conventillo. La familia carecía de dinero y el tío abuelo pasó por varios oficios que le permitían ganarse unos pesos y poder estudiar, según relata en sus memorias notoriamente escuetas en lo referente a las condiciones de vida de él y su familia antes de que ingresara a trabajar como periodista. Para 1910 tenía un buen trabajo y fue en ese año que publicó los Gauchos Judíos. Es posible que la situación económica de la familia fuera lo suficientemente buena como para que pudieran alquilar una vivienda un poco mejor que el conventillo. Lo único que me llama la atención es que todos tuvieran la misma dirección.

Otra de las curiosidades que surgieron de la lectura de los certificados de matrimonio y la  partida de defunción es que la madre del abuelo León se llamaba Sofía. Es así que la hija mayor de mi abuelo llevó los nombres de sus dos abuelas: Ana, por la madre de mi abuela Rosa y Sofía, por la madre de mi abuelo León.


viernes, 16 de septiembre de 2016


Los abuelos Kurlat 2

Tengo muchos recuerdos de los abuelos paternos con los que conviví muchos años de mi infancia. Las anécdotas y cuentos son, probablemente, infinitos, y cada evocación me trae otras memorias.

Ambos, Felix y Assa tuvieron largas vidas y las anécdotas que contaron, sí llenaron mi imaginación infantil con imágenes de la vida de mi papá y del entorno en el que vivió su infancia y juventud.

El abuelo Felix era un hombrecito delgado al extremo, tirando a bajito y con una profusa cabellera gris. Tosía persistentemente y se abanicaba o protegía del sol con el Idishe Tzaitung, mientras recorría el jardín de la casa de Acassusso. Estudiaba este diario como si su vida dependiera de haber leído hasta la última letra.


Viejo… le decía la abuela Assa cuando lo llamaba. Creo que nunca la escuche llamarlo por su nombre. Había sido comerciante toda su vida, pero siempre con poco éxito. El abuelo no era un as para los negocios. Fue viajante de comercio, pomposo título que encubría su primer oficio de “cuentenik”. Tuvo una librería con su hermano Marcos (un calco del abuelo, pero con bastante menos pelo), y según me contaron, en alguna época llegaron a importar pianos que vendían como Pianos Kurlat. Para cuando yo los conocí, era viejito y vivía en casa.

Era tierno, y con una sonrisa dulce. Cuando alguien decía: tengo hambre, el abuelo preguntaba invariablemente: Hambre o ganas de comer. Él y la abuela pasaban bastantes horas del día en la cama. El mate los acompañaba a la mañana al despertarse, y después de la siesta. El abuelo hablaba poco, casi como que hablar le demandara mucho esfuerzo. La abuela hablaba por los dos.

Era muy religioso. Además del diario, leía su libro de oraciones. Con esa flacura que lo caracterizaba, y a pesar de que ya era un hombre mayor, ayunaba para kipur. Recuerdo que salía de casa bastante temprano después de almorzar y no volvía esa noche a casa. Se quedaba en lo de algún pariente o amigo, y recién volvía después de terminado el ayuno, a la noche siguiente.

Assa era una mujerona grande e imponente. En la foto del casamiento, ella sentada y él parado al costado de la silla, parecen casi de la misma talla. Creo que la abuela le llevaba unos cuantos centímetros y una montaña de carácter.


Era la única mujer entre 5 hermanos. Según consta en el censo de 1895, era la mayor, tenía entonces 7 años y era rusa. Sin embargo, siempre sostuvo que Miguel era mayor que ella. Era muy coqueta y a lo largo de su vida fue sacándose años de encima. Como única mujer fue muy mimada y estaba acostumbrada a un buen pasar y a mandar.

Sus fotos de joven, muestran a una mujer bella e interesante.  Tenía un cutis transparente y poco arrugado para su edad. Me contaba que nunca había usado crema para la cara y que su secreto era lavarse todas las mañanas con agua y jabón blanco de lavar la ropa. También me contaba que de joven ayunaba para Kipur, pero que como ella tenía las mejillas siempre sonrojadas, nadie le creía que estuviera sin comer.

Según su relato, la familia vivía muy bien en Odessa. La pátina de princesa del imperio austro-húngaro le duraba. Entre las cosas que conservaba de su “noble”pasado, estaban sus cubiertos de plata monogramados que Blanca, Marta y Mamá repartieron para las nietas mujeres y unas tasas de café de porcelana finísima, de las que tengo una en la vitrina, en las que parecería imposible tomar café sin destruirlas.

Trataba muy despectivamente a las empleadas domésticas. No le duraba nadie y cuando vivieron en casa, Sofía – la cocinera – se quejaba permanentemente por el destrato. Mi pobre madre tenía que hacer malabarismos para que no se fuera el personal.

En su casa no se cocinaba kasher, pero la abuela sumergía la carne en agua con sal “para sacarle toda la sangre” me explicaba. Tengo un vago recuerdo de la abuela con una mantilla sobre la cabeza, encendiendo las velas en Shabat. Pasaba las manos tres veces en círculo sobre las velas encendidas, se llevaba las manos a los ojos, como tapándoselos y recitaba algo en un idioma incomprensible para mí. Tenía 2 candelabros de plata altos y muy decorados que creo que aún tiene Lila Liebeschütz, no sé muy bien porqué, ya que si fueron de la bis, debieron haber pasado a la abuela y de ella a Marta, siguiendo la tradición de la línea matriarcal que sostenía la abuela, indiscutible matriarca de la familia.

La recuerdo tejiendo o arreglando alguna ropa. Pero para otras cosas no movía un dedo. Desde donde se encontrara llamaba a quien estuviera más cerca para que le acercara lo que necesitaba, así fuera un pañuelo. Sin embargo, no se privaba de pasearse por la cocina y levantar las tapas de las ollas para criticar lo que se estuviera cocinando. Hace muchos años, escribí un cuento, que le causó mucha gracia a Papá, y que refleja muy bien mi percepción infantil sobre la abuela Assa. Si bien no conservo el cuento, recuerdo lo escrito.

Un día en la vida de mi abuela Assa.

El día comenzaba con el mate en la cama. Cuando la yerba se lavaba, pedía que se lo cambiaran. Terminado el mate, se levantaba para el desayuno cuando serían como las 9 de la mañana. Desayunaba y miraba el diario. Después, se volvía un rato a la cama mientras consideraba el esfuerzo supremo de bañarse.

Una vez tomada la decisión, se bañaba. No recuerdo bien si se duchaba, pero me parece que en realidad se daba un baño de inmersión. Se secaba y entalcaba. No usaba perfume. Terminado el baño, agotada por el esfuerzo, la abuela se volvía a la cama a descansar por un par de horas.

Cerca del mediodía, y para cuando Sofía empezaba la preparación del almuerzo, la abuela surgía de entre las almohadas y frazadas, para su paseo por las ollas. La cocinera echaba humo por la boca. Assa levantaba las tapas de cacerolas, olía el contenido, probaba todo y criticaba despiadadamente.

Agotada por el esfuerzo de supervisar la cocina, se volvía a la cama de la que solo se levantaba para comer lo que tanto había criticado.

Por supuesto, después del almuerzo había que hacer la siesta. Y así recomenzaba el rito. Se despertaba de la siesta para tomar el mate y después la merienda. Como a esa hora estábamos en casa, solía quedarse levantada, por lo menos hasta cerca de las 6 o 6:30 supervisando que hiciéramos los deberes.

Cuando comenzaba la preparación de la cena, la abuela emprendía su segundo paseo por las ollas muy compenetrada con su rol de garante de la buena mesa de la casa. Cuando estaba segura de que todo se estaba cocinando de acuerdo con las buenas prácticas, la abuela se acostaba hasta la hora de la cena.

… Así transcurría un día común en la vida de mi abuela Assa.



A pesar de esta visión crítica, adoraba a mis abuelos. Eran mi refugio de ternura. La abuela se sentaba a mi lado mientras yo hacía los deberes y recuerdo sentarme en las rodillas pinchudas del abuelo Félix que me sonreía y acariciaba el pelo. Cuando mis padres viajaban, los abuelos se mudaban a la habitación matrimonial del primer piso de la casa para estar más cerca si necesitábamos algo durante la noche. En mi recuerdo, estaban cuando los necesitaba y me mimaban y malcriaban, a su manera, a más no poder.

También recuerdo mi sensación de desazón cuando nos contaron que los abuelos se mudaban al centro.  Habían vivido en un departamento en la calle San José 669 y creo que cuando se casaron Mario y Blanca, les dejaron el departamento a los recién casados y se vinieron a vivir a casa. Cuando Mario y Blanca se mudaron a su propio departamento, los abuelos volvieron a vivir a San José donde funcionó, después, el Laboratorio de Análisis Clínicos de mi tío Mario.

La abuela tenía algunas joyas. Entre otras cosas, tenía un par de aros de diamante que usaba permanentemente. Cuando mi tía Marta estaba por casarse, los abuelos estaban, como casi siempre, en dificultades económicas. Para colmo Marta se casaba con un Frumkin – gente de dinero – y la abuela no quería pasar como una pobretona. Para pagar los gastos, supongo que de la fiesta, vestidos y otros menesteres del ajuar, doña Assa empeños sus joyas. Esto enfureció a mi padre que rápidamente las desempeñó para que su madre no se quedara sin ellas. Estaba seguro de que el abuelo no iba a poder juntar el dinero para rescatarlas y se iban a perder para siempre. Es posible que esas alhajas fueran heredadas de la bisabuela, legadas – como suele ocurrir – a la hija mujer. La abuela me solía contar esta historia para que yo supiera cuán generoso era mi padre. Nunca la escuché de mi padre, aunque algo me dijo mamá cuando en el reparto de las pertenencias de la abuela Assa no me tocó ninguna de sus joyas.

Eran una típica familia de inmigrantes que esperaba grandes cosas para sus descendientes. El folklore familiar contaba que el bisabuelo Salomón, padre de Assa, había querido estudiar medicina. Se había trasladado a Berlín para esto. Sin embargo las leyes del momento – el numerus clausus -  que establecía que la proporción de judíos en la universidad no podía ser mayor a la proporción de ellos en la población general, se lo impidió.

Para estos inmigrantes, por lo tanto, tener hijos universitarios era tocar el cielo con las manos y justificaba con creces el desarraigo que había significado la emigración de su patria. Me imagino el orgullo del bisabuelo cuando 2 de sus hijos se graduaron de médicos, un tercero fue ingeniero y el último, bioquímico.

Pero esta introducción es para contar una de las anécdotas más risueñas que me contaran la abuela y papá. En las primeras décadas del siglo XX en Buenos Aires, como seguramente en la mayor parte del mundo, las señoras de clase media y alta generalmente no trabajaban y eran pocas las que elegían estudios universitarios. Con tiempo de sobra, solían reunirse a tomar el té e intercambiar chismes. Entre las amigas de la abuela, había una – Doña Clotilde Jasovsky – que en oportunidad de una visita a la abuela sometió a papá a un interrogatorio sobre sus proyectos futuros. Específicamente, le preguntó que iba a estudiar. Papá, con mucho orgullo le contestó que iba a estudiar INGENIERÍA. Sin inmutarse, con ese típico acento del que habitualmente hablaba idish:

Doña Clotilde: ¿Cvuantos anios son Ingueniería? 

Papá (tranquilamente, como fue siempre su costumbre): Seis años

Doña Clotilde:  Y entonces, ¿Por qué no estudiás medicina? …







La abuela era bastante manipuladora. Su hijo Miguel se casó con la Negra (Cecilia Blank) que era muy tradicionalista y sionista. El matrimonio se preparaba para hacer Aliá lo antes posible. Cuenta la tradición familiar que la abuela se encerró en su habitación y no habló con nadie hasta que obtuvo lo que buscaba: que los recién casados desistieran de sus planes de emigración al recientemente creado Estado de Israel.

Pasaron los años y finalmente la familia de Miguel emigró a Israel. Cuando la abuela rondaba los 80, se planeó un viaje a Israel. Había que sacar pasaporte – en realidad renovar su pasaporte ruso ya que la abuela tenía documento como residente extranjera permanente. Enterada de esto, la abuela se trancó en que ella como rusa no viajaba. Todos intentaron razonar con ella, pero fue inútil.

Me mandaron a que lo intentara yo. La abuela me miró y muy tranquila, pero muy firme me dijo:

-        Cuando tu papá tenía 7 años, lo llevé al colegio para comenzar su educación formal. Nadie me preguntó nada, nadie me cuestionó que fuera judío. La maestra muy amable, lo tomó de la mano y lo llevó al aula. ¡YO COMO RUSA NO VIAJO!

Así fue como a los 80 años, la abuela Assa se convirtió en ciudadana argentina. Vino un comisario a tomarle el juramento de oficio a su casa, conmovido hasta las lágrimas de ver a esta anciana orgullosa de su pasaporte argentino. 

Como dijera anteriormente, los abuelos se volvieron a vivir a San José 669. Pasados unos cuantos años allí, estaban bastante mayores y además su espacio vital se había reducido ya que en ese departamento funcionaba el laboratorio de Mario. Por ese motivo, se compró un departamento viejo y muy agradable en Rodriguez Peña, creo que 1256. Quedaba a una cuadra de lo de Blanca y Mario y a tres cuadras de la casa de Marta y Guido. Era un edificio bastante señorial, con una entrada grande de puerta de madera pintada de verde y un gran herraje de bronce. Tenía un living comedor con parqué de roble de Eslavonia, 2 dormitorios, un baño, cocina, lavadero y un cuarto de servicio pequeñito. Era bastante antiguo pero muy apropiado para los abuelos. Tengo entendido, si la memoria no me engaña, que ese departamento estaba a nombre de mamá y Blanca. Los abuelos vivieron allí hasta su muerte.

Cuando yo cursaba el ingreso a la facultad, muchas veces me quedaba a dormir en ese departamento para no depender del tren, especialmente cuando tenía algún examen a la mañana temprano.

A medida que el abuelo se fue debilitando cada vez más, hubo que reemplazar la cama del 2º dormitorio por una cama ortopédica. El abuelo ya no se levantaba. Si siempre había hablado poco, ahora hablaba nada. Pero su sonrisa y la luz en sus ojos hablaban por él. Yo iba seguido y me sentaba al lado de la cama. Le leía el diario, o le contaba cosas de mis estudios. Una mañana se despertó y cuando le ofrecieron el desayuno, dijo que quería dormir un poco más. Nunca se despertó.

Era la época en que yo estaba en Bet El y le pedimos a Marshall que fuera como rabino a su entierro. Le contamos un poco sobre el abuelo. Sus palabras ante la sepultura fueron muy dulces: fue un hombre tranquilo, que vivió una vida tranquila, tuvo una muerte tranquila y lo enterramos en un día tranquilo. Falleció el 12/07/1967 y su entierro fue efectivamente en una fría y soleada mañana, con un magnífico cielo azul de invierno.

La abuela vivió unos años más. Estuvo presente en mi casamiento, aunque en ese momento ya tenía algunos signos de deterioro. Recuerdo que la vino a ver un gerontólogo que se quedó muy impresionado por el estado general de la abuela. Por su piel, su vista y su voz, no parecía una mujer cercana a cumplir los 87 años. Le contamos que la madre de Assa había fallecido a los 97 confesados.

A mí, hoy, las cuentas no me cierran mucho. Si como dice la planilla del censo, en 1895 tenía 31 años, entonces la bis nació en 1864. No he encontrado los datos del año de su fallecimiento, ya que los registros digitalizados no incluyen registros tan antiguos. Pero vivía en 1954, porque yo la recuerdo más o menos para esos años viviendo en casa. Tendría entonces unos 90 años. Si hubiera vivido hasta los 97 hubiera fallecido en 1961 y yo, en ese caso, la recordaría perfectamente. Ya papá solía decir que no le hiciéramos caso a la edad de la bis; de joven se sacaba años, y cuando le fue útil, empezó a agregárselos. 

Sea como fuere, para la década del 50, la bis había superado varias veces su expectativa de vida al nacer. Y la abuela, no solo que no parecía los 87 que sí tenía, sino que además casi no necesitaba anteojos para enhebrar una aguja, y no porque la presbicia hubiera venido a corregir una miopía enorme - tal como le pasaba a papá, que siendo muy miope, se sacaba los anteojos para leer de cerca. Su cutis era increíble y si bien tenía arrugas, no se parecía al pergamino que habitualmente lucen las personas de tanta edad.

El gerontólogo miró a mi tía Marta, que nunca uso anteojos para leer, y a sus hijas y decretó que éramos una familia de longevas constitucionales transmitida por vía femenina. A pesar de la longevidad evidente, la abuela falleció ese mismo año de 1973. Para ser más exactos, doña Assa, fiel a su misión en esta tierra falleció el 31 de diciembre de 1973 a las 23:45 cosa de que aguarnos el festejo de fin de año.

sábado, 9 de julio de 2016

Armar el árbol genealógico y no morir en el intento.


 
Tal como relaté al principio, después del paseo por Dominguez y Moises Ville, decidí armar el árbol genealógico de los Gerchunoff. Las generaciones de los Kurlat habían sido perfectamente establecidas por mi primo Dan Koren (Kurlat) (http://www.koren2.com).  En esta era de programas informáticos estaba segura de que iba a encontrar alguno que me sirviera para ir armando la genealogía de la familia. Así encontré MyHeritage y me propuse armarlo. Parecía sencillo, pero el proyecto se convirtió en algo titánico, y no porque el programa no fuera muy amigable.  

Todo empezó con la visita a la Chona Kaplán, residente de Dominguez, que de acuerdo con la explicación del curador del Museo de las Colonias era una pariente, ya que descendía de una Gerchunoff. Claro, esa Gerchunoff no era de las hermanas que se ven en la famosa foto de familia. Entonces, ¿cómo es que era pariente?
Comencé con lo que sabía de los Gerchunoff. Sin esfuerzo armé la parte correspondiente a los descendientes de Rosa  (es decir, las familias Weber, D’Alessio y Kurlat) y de Cecilia (la familia Kantor), que eran los que tenía cerca. A partir de ahí, la cosa se complicó.
El primer escollo fue ordenar a los descendientes Halperin. Por suerte, los primos fueron aportando sus recuerdos. Aquí la contribución de Ana Kantor y su familia fue decisiva. Con la foto familiar delante, reconstruimos la descendencia de Enrique Halperin y Sofía Gerchunoff.
También así fue que me enteré de la existencia de Bernardo y la pérdida completa de relación con la familia. Siguió la genealogía de las hijas de Alberto. Me contacté con María Sofía, de quien guardaba un recuerdo bastante vívido ya que fue alumna de mamá en letras y la debo haber visto bastante en aquella época, cuando mamá la asesoraba o aconsejaba para su carrera. A través de ella supe algunos pormenores de la historia del legado de su abuelo y de su padre, Menke Kantor.
Gracias a Miguel Kantor y a Ana, también me contacté con los Jaroslavsky, descendientes de Blanca y por ellos reconstruí la parte correspondiente a ella y a Rosa Esther.
Y Ahí empezó la parte más difícil. Tal como se ve en la página del censo de 1895, en Rajil, colonia agrícola en la que se refugió la familia después de la tragedia de Moises Ville, vivía una familia Gerchunoff. De los integrantes de aquella familia había 2 cuyos nombres me resultaban familiares. Uno de ellos era Gregorio. Yo suponía que este debía ser el famoso tío Gerche que había operado de las amígdalas a mi hermano cuando era chico y que, según Irene Halperín, también a ella le había robado las suyas.
Me sonaba, pero muy vagamente el nombre Abraham. Cuando buscaba Gerchunoffs en Google, los únicos otros mencionados en la red con cierta frecuencia eran Bertha W de Gerchunoff y Pablo Gerchunoff. Recordaba perfectamente el nombre de la tía Bertha, y entre las cosas que leí sobre ella constaba que era la mujer de Abraham Gerchunoff. Era evidente que esa familia de Rajil era pariente, pero no tenía manera de saber cómo era el parentesco. Suponía que a la aventura de libertad, mi bisabuelo había venido con algún otro arriesgado como él. Tal vez, un hermano.
Para averiguar esto, recorrí todos los lugares posibles. Empecé por el CEMLA – Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos. Hice la búsqueda en la red y tropecé con datos de entradas y salidas de Alberto Gerchunoff en el siglo XX. Pero ningún dato de su llegada al país entre 1889 y 1891. Decidí ir en persona, pensando que tal vez allí habría otras posibilidades de búsqueda. Fue inútil. Me cobraron $10 y me dieron la misma información que ya tenía. Pero me explicaron que los registros anteriores a 1906 estaban mayoritariamente perdidos. Los libros archivados en el Museo del Inmigrantes se habían mojado y habían sido atacados por los roedores. Algunas páginas se habían salvado y habían sido digitalizadas, pero era todo lo que se podía salvar. Lo que no estaba en la búsqueda informatizada, directamente se había perdido.
Releí, entonces detenidamente las memorias de Alberto. También leí Son Memorias de Tulio Halperín. En ninguno de los 2 libros encontré ninguna mención al viaje y a la llegada a la Argentina de la familia. Buscando en los libros de Ricardo Feierstein sobre los judíos en la Argentina, en uno de ellos figura que los Gerchunoff llegaron en el Pampa. Sin embargo, los listados de pasajeros del Pampa para los años 1889 y 1890, no contienen a ningún inmigrante con un apellido ni remotamente parecido al del bisabuelo y su familia. Son principalmente italianos y españoles y la mayoría abrumadora se dice católico.
Los archivos para 1891 no están disponibles. Sin embargo, la historia de “los Pampistas” - como se llama a los que llegaron en ese barco -  relata que fue un contingente que se encontraba varado en Estambul, por no poder pagar su pasaje. Ese grupo de unas 200 personas fue financiado por el Baron Hirsch y llegó a la Argentina en Diciembre de 1891. Para ese momento el bisabuelo ya estaba muerto, de acuerdo con lo que figura en la tumba de Moises Ville.  
Busqué en las redes sociales a algún Gerchunoff, que me contestara. Para suerte mía, Luis, de Córdoba, me contestó. De a poco nos fuimos reconociendo como parte de una misma familia. El núcleo conductor era la famosa Tía Bertha. Activista en la Wizo, socialista y socia de Alicia Moreau de Justo.  Luis reconstruyó la parte de la familia de la cual él proviene, es decir los descendientes de Leib (León) Gerchunoff.
Tenía así 2 árboles genealógicos bien delimitados. Uno era el de la progenie de Gershon, mi bisabuelo, y la otra de Hersch Gerchunoff, antepasado de Luis. No tenía forma de unirlos. Busqué varias alternativas. Una alternativa era buscar el nombre del padre de Hersch en su tumba. Si coincidía con el que figuraba en la tumba de Moises Ville, podía certificar que eran hermanos. Le escribí a Quiroga, curador del museo de las colonias en Dominguez, pero no obtuve respuesta. Además, la lápida de la tumba de Rab Gershon ben Abraham Gerchunoff había sido reconstruida. La fecha no parece coincidir con el recuerdo relatado por Alberto Gerchunoff, y parece estar equivocada. Nada me garantiza que el padre se llamara Abraham. Hersch vivió muchos años más, y quien sabe si cuando murió sus descendientes conocían el nombre del abuelo lejano que no habían conocido.
Intenté contactarme en ese momento con Horacio Saionz, descendiente de la Tía Bertha, pero no obtuve respuesta al correo electrónico. No encontré en ese momento un teléfono válido.
Nuevamente la salvación fue Ana Kantor. Como la visito seguido, empecé a preguntarle qué se acordaba ella. Hay que tener en cuenta que al momento de hacer la investigación sobre la familia, Anita tenía 98 años. Hay que andarse con mucho cuidado para no inducir respuestas. La memoria no es la misma que de joven, aunque Ana está muy lúcida aún hoy que tiene 100 años, por cumplir los 101.
En varias oportunidades diferentes le pregunté por la Tía Bertha. Su memoria al respecto era un poco difusa. Pero un día, en vez de preguntarle por la tía Bertha, le pregunté directamente que parentesco había entre Abraham y Alberto. Sin titubear y como si fuera obvia la respuesta me dijo: ¡Eran primos hermanos!
Así fue como confirmé la sospecha de que a estas tierras habían llegado 2 hermanos con sus respectivas familias. 
Esa generación de inmigrantes habló poco, contó poco y los descendientes, como suele ocurrir, empezaron a preguntar cuando ya los recuerdos eran borrosos.
En algún momento, mientras buscaba datos, se puso en contacto conmigo – a través del sistema de mensajes de MyHeritage, una joven brasileña llamada Myra Batista. Me preguntó que parentesco había con un Alejandro Wainstein que era su bisabuelo y que tenía entendido que era pariente de Bertha Gerchunoff. Así fue que encontré más datos de la familia, específicamente, datos de la Tía Bertha. Figuraba en el censo de 1895, en Marcos Juarez, una familia Veinstein; los padres Benzion y Paulina, y los hijos Viera, Assia, Alejandro y Gregorio. Yo recordaba que la madre de Horacio y Tuqui, se llamaba Paulina y se había casado con Saionz. Solían venir a tomar el té a mi casa de Acassusso cuando yo era chica. Paulina no es un nombre tan común, así que presupuse que podían ser los padres de la Tía Bertha.
Le mandé la información a Myra, que inmediatamente me contestó que los padres de su bisabuelo Alejandro, se llamaban Paulina y Benzion. Con lo que cerré otro punto del árbol genealógico.
Después de una vivista a La Cumbre, me puse en contacto con Amalia Polack (Tuqui Saionz, la hija de Paulina) y eso es para otra entrada. Siguiendo los pasos de su abuela y su madre, es y ha sido una figura importante en la WIZO y conoce muy a fondo los datos de la familia y sus alrededores.
 El árbol genealógico no está completo. Faltan montones de datos, pero por lo menos he podido reconstruir los vínculos entre las 2 familias que llegaron esperanzadas con la libertad hacia fines del siglo XIX

viernes, 24 de junio de 2016

Los Abuelos Kurlat 1



No conocí a los bisabuelos Gerchunoff, ni a los Weber. Pero si conocí a mi bisabuela paterna, la madre de mi abuela Assa. Doña Ana Katel de Liebeschütz no tenía casa propia y vivía algunos meses en casa de cada uno de sus hijos. Así fue como estuvo un tiempo en mi casa de Acassuso. Era una viejita de pelo gris finito, recogido en un rodete y las mechas grises se le escapaban y caían al costado de sus orejas. Caminaba despacio, bastante encorvada y apoyándose en un bastón. 




 
Yo debía tener unos 4 años cuando la bis, como la llamábamos nosotros, intentaba enseñarme a tejer. Era muy viejita, y tenía los pies bastante deformados. Hortensia, la misma Hortensia que trabajó después en casa y que para esa época era una joven empleada, solía cuidarla y contaba que la bis pedía que la calzara. Invariablemente se quejaba de que le había puesto los zapatos al revés. Con toda la paciencia del mundo, Teny le cambiaba el calzado de pie.

-          Ahora sí están al revés, se sonreía la bis que era consciente de que la había hecho trabajar de más a su cuidadora.

De mi recuerdo de la bisabuela es este cuento que escribí hace un tiempo

La Bis

Las 4 mujeres tejen en silencio. Cuatro generaciones de manos hacendosas que huyen del ocio y crean labores que otros usarán.

La mayor tiene el pelo absolutamente blanco. Fino como telaraña, recogido en la nuca en un rodete, las mechas rebeldes sueltas hablan de manos viejas, incapaces de domarlas. La piel rosada y transparente, surcada por millones de arrugas, no conoce de cremas, ni de maquillajes. El sol, el aire y los años trazan su historia en esa cara vieja de cachetes colgantes. Los ojos son grises y velados por esos infinitos círculos que borran el contorno de las pupilas en los viejos. Tiene puesto uno de sus habituales vestidos grises, largos hasta los tobillos, y una pañoleta – también gris – sobre los hombros. En los pies, lleva puestos unos zapatos negros cerrados, sin taco, que no disimulan los juanetes. Es mi bisabuela, la Bis, que con sus manos artríticas sostienen las manos de la menor de las tejedoras. Yo.

A su derecha, está sentada una mujer un poco más joven, mi abuela. Tiene el mismo pelo finito y el mismo cutis de su madre. Los ojos, de un celeste lavado, tienen círculos incipientes. A pesar de tener más de 60 años teje sin anteojos y no por coquetería. No los necesita y no pierde oportunidad de contarlo. Tiene la piel suave y tersa con las mejillas rosadas. Sólo alrededor de los ojos hay arrugas. Es una mujer grandota con un busto abundante. Lleva una pollera que le llega a media pierna y una camisa negra y blanca. Se abriga con un largo chaleco gris. Frente a ella tiene la pava y el mate. A pesar de no ser la dueña de casa comanda la cocina con la misma autoridad que un sargento de caballería. 

A su lado, otra mujer, sensiblemente más joven, teje sin mirar, mientras lee el libro que tiene delante. Mamá, la dueña de casa, es morocha de ojos oscuros profundos y tristes. El cutis no es tan suave ni tan transparente. Hay arrugas alrededor de los ojos, líneas profundas en el seño fruncido en perpetuo interrogante, y un surco profundo entre la nariz y la boca. Los  dientes son perfectos y cuando se sonríe, mi día se llena de sol. Cuando lee o cuenta cuentos, se transforma; sus ojos sonríen y se borran las arrugas de la frente. Lleva puesta una pollera gris y un pullover rojo.

La escena transcurre un día de semana de invierno, en el comedor diario,  contiguo a la cocina, en el que comemos cuando no hay visitas. La mesa está pintada de gris, igual que las puertas de los armarios en que se guardan los platos y que se abren también desde la cocina. La abuela y el abuelo - refugiado en algún otro lugar de la casa - viven siempre con nosotros. No sé qué llevó a ese arreglo pero, para mi alegría, tengo quien me mime y me malcríe descaradamente. La Bis no siempre vive con nosotros. Tal vez sólo está de visita.

Es de mañana. A mis 4 años la abuela decide enseñarme a tejer. Para que no me lastime eligen unas gruesas agujas de madera. Voy por el tercer intento de enlazar puntos. La Bis me sostiene la mano para guiarme en mis esfuerzos por conquistar la primera vuelta, siempre la más difícil. Estoy sentada en mi sillita gris. Tengo puesta una pollerita escocesa a cuadros rojos, una blusita blanca y un saquito rojo que tejió la Bis para alguna de mis primas mayores y que ahora heredé yo. Como ya hay primas más chicas, seguro que alguna lo va a usar. Tiene una guarda justo por arriba del elástico de la cintura, con unos perritos en blanco.

Mamá se arregla para salir. Yo me quedo con las abuelas. Por algún motivo no fui al jardín de infantes. De la cocina viene un delicioso olor a comida en preparación. Grandes ollas humeantes que mi abuela destapa, huele y prueba para fastidio de Sofía, la cocinera.

- Acompañá a la bis al baño, ordena la abuela.

Con dificultad la Bis se levanta. Se apoya en su bastón y en mi hombro. Despacio nos dirigimos al baño de la planta baja, el que queda al lado del cuarto de los abuelos.

La Bis me deja esperando en la puerta del baño.

- Me arreglo sola – dice.

Por suerte, porque a mí me da mucha vergüenza su intimidad y su vejez.

Tarda mucho y me aburro.  El piso es de mosaicos, de esos llenos de piedritas. Salto de una baldosa a otra intentando no pisar las líneas. Canto una de las canciones que me enseñaron en el jardín. Como la Bis no sale del baño vuelvo al comedor. Me ligo un reto de la abuela por haber abandonado mi puesto. Recién en ese momento se percata del tiempo transcurrido y va hasta el baño a preguntarle a su madre si necesita algo.

Hoy, más de medio siglo después, todavía  recuerdo el grito de la abuela y la conmoción en casa. Como si estuviera viendo una película, veo el living de mi casa con su gran “bergère” de funda acanalada verde, las persianas al jardín abiertas y la aspiradora electrolux en medio del camino. Sofía apantalla a la Bis y María, la mucama, tranquiliza a mi abuela que se tira del pelo y jura que le va a dar un ataque al corazón.

Estoy muy asustada en medio de tanta confusión. Nadie se me acerca y tengo mucho miedo. Escondida detrás del sillón, entre la puerta y la chimenea, chupándome el dedo pulgar, me digo bajito, como para que no me oigan: se me cayó la Bis en el baño…

domingo, 19 de junio de 2016

la generacion de los Abuelos 2


Mamá tenía muy pocos recuerdos de su madre y estos además le dejaban ese amargo sentimiento de orfandad que la había acompañado toda su vida y que por algún motivo la marcó más que a los hermanos. O eso era lo que ella transmitía. Rosa murió muy joven cuando su hija mayor tenía apenas 10 años. En la transmisión oral de la historia familiar figuraba la mezcla de diabetes con tuberculosis como causa de su muerte prematura. Lo que es seguro es que la abuela falleció de TBC, contraída aparentemente como voluntaria del Hospital Israelita.  El abuelo León nunca se volvió a casar y como explicaba siempre, “no quiso darle madrastra a sus hijos”.

Hay pocas fotos de la abuela Rosa. En una está junto a toda la familia, incluyendo los hijos mayores de Sofía y Enrique. Está de ¾ perfil, y reconozco mis facciones, las de mi hija Carolina y de mi sobrina Laura en esa misma posición. La otra, recuerdo que estaba en casa. Era una foto, ya de más grande, y completamente de perfil.
 

La única otra foto que he visto de ella, me la mandó digitalizada Juliet Weber. La encontró en un álbum cuidadosamente organizado por Shirley Nixon, su madre. El abuelo León le llevó muchas fotos familiares a Inglaterra, en un viaje que hizo para visitar a su hijo, con la intención de presentarle a quienes ella no conocía, pero eran parte de su familia.
En esa foto, la abuela está sentada en una silla, detrás está el abuelo, joven y con unos enorme bigotes. La rodean sus hijos. Mamá se le parecía mucho, tanto que si no fuera por el entorno se podría pensar que es Frida. Pero lo que más impacta de la imagen es la infinita tristeza de su rostro. Es el reflejo de lo que está viviendo. El ambiente en el que fue tomada, refleja su situación. Al fondo se ve una cama de caño, típica de hospital de la época, y una mesa de luz, también de metal blanco. Evidentemente la abuela está internada, sabe de su gravedad y percibe que no le queda mucho tiempo. La enfermedad se la llevaría seguramente unos meses después. Falleció en octubre de 1923.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Por la tuberculosis de la abuela, apareció la casa de La Cumbre. En aquella época la tisis tenía pocas chances de curación. Todavía no habían aparecido los antibióticos y, salvo algunos procedimientos muy complicados y de dudosa efectividad  para cerrar las cavernas, se apelaba al tratamiento con buena dieta y en lugares con aire puro. Así se hicieron famosos los sanatorios de las sierras de Córdoba.

Ese fue también el origen del tristemente célebre Hotel Edén de La Falda. Aquellos que se lo podían permitir llevaban a sus familias a pasar los veranos en las sierras de Córdoba, para proteger los pulmones con el aire sano.

También así prosperaron los otros hoteles de las sierras, muchos de los cuales lucen hoy un estado de abandono consecuencia, probablemente, de la sustitución del aire puro y la dieta por antibióticos, quimiterápicos y vacunas. Otros, más afortunados, son hoy hoteles sindicales.

Cuando el abuelo León estuvo en condiciones, se compró una casita en La Cumbre que según Ana Kantor, se la conocía como el Rancho de los Weber. Cuando estuve en La Cumbre en 2015 pude acceder a un expediente en el que el abuelo solicitaba la conexión de agua para su casa. Lo que en el momento no me cerraba era la fecha de compra de la propiedad. Según el expediente, el pedido de conexión era de 1929. Yo había imaginado que la casa la había comprado don León para traer a su mujer enferma. Pero no fue así. La había comprado para proteger los pulmones de sus hijos de ese temible enemigo que era la tuberculosis.

También entre las fotos que guardó Shirley había algunas de la famosa casa. Yo recuerdo haber estado en ella y si la memoria no me falla, fue justo cuando la vendió, alrededor de 1954. La compraron los Godfrid, Marcos y Florencia, que la venían alquilando desde hacía algún tiempo. No sé si fue o no por casualidad, pero Marcos era el Hermano de Lidia G de Kurlat, casada con Rafael Kurlat, primo de mi padre.





La casa, según mis recuerdos de infancia, estaba enfrente del Hotel Los Montes. La última vez que la había visto, fue en los 60, unas vacaciones que fuimos a las sierras y en las que pasamos bastante tiempo con la familia Godfried. Recuerdo que Florencia, que era norteamericana, tenía colgado un cuadrito bordado en punto cruz que decía: Work fascinates me, I could sit and watch it for hours.

A pesar del tiempo transcurrido, cuando visité La Cumbre en 2015, encontré la casa inmediatamente. Poco me acordaba del pueblo, pero la casa me resultó inconfundible. (Las fotos que acabo de incorporar me las dio Juliet hace menos de un mes.) No tuvo nunca formalmente, nombre. Ni en los papeles catastrales, ni en la memoria de los habitantes de este pueblo figuraba alguna denominación. Sin embargo, me contó Carlos Godfrid, que limpiando un depósito encontraron un cartel, parecido a otros que hay en la zona, que decía ROSA MARÍA. No entendían a quien se refería el cartel o si se pensó para denominación de la casa. El nombre corresponde al de mi prima Rosita, la mayor de las nietas y la que lleva el primer nombre por su abuela. Fascinado con el cuento, los dueños le han puesto el cartel en el jardín y se ve desde la calle. Así es que el Rancho de los Weber, hoy tiene nombre.

 

viernes, 17 de junio de 2016

Miguel y Cecilia- recuerdos de Laura Kantor

Todo lo que escuché de mis abuelos Miguel y Cecilia, contado por sus hijos Ana y Jaime, eran cosas lindas. El abuelo a mamá la mimó cuanto pudo. Cuando ella era chica, ni bien cobraba su sueldo, le compraba una muñeca –que entonces eran de pasta o similar. Jamucho, su hermano, mi tío, también sistemáticamente, estampaba la muñeca contra el techo para ver de qué estaba hecha.

Era muy habilidoso y trabajador. Se levantaba tempranísimo a la mañana y se iba a su trabajo. Al igual que los maridos de sus hermanas, mi abuelo también trabajaba en Dreyfus. Inspeccionaba las cargas de los camiones. Cuando volvía llevaba a mamá a jugar a la plaza. Y luego, al taller.  Se había hecho uno en la terraza en donde hacía muchos trabajos en madera. A la abuela, que era bajita le había construido un banquito para apoyar los pies. Era perfecto, yo lo ví. Hecho de madera torneada, era lindísimo y sólido. También me contaron que había hecho hamacas para sus hijos. Tenía llena la terraza de macetas con plantas con flores. También tenía un gallinero.

Sé también que le gustaba caminar y se iba de caminata con tío Cacho Halperín.

Cada tanto hacía sidra. Al respect en la familia circulaba una anécdota. En una oportunidad, Miguel había preparado sidra. Estaba en plena etapa de maceración. Salieron todos juntos a pasear. Al volver se encontraron con que, por la fermentación, el recipiente en donde estaba la sidra había explotado….Jaime en cuatro patas trató de rescatar lo  que pudo.

Me hubiera gustado conocerlo.

La abuela Cecilia también era habilidosa y laboriosa. Ví una manta de verano, de hilo, para cama camera  hecha al crochet, finísima. Cosía muy bien, tipo alta costura. Una de sus hermanas estudió costura y le enseñaba a ella; trabajaron juntas en eso. Cuenta Ana que se iban a ver vidrieras de casas finas para “pescar” los modelos.

También escuché mencionar sus ricas mermeladas caseras. Como Jaime era tremendamente travieso, decían que revolvía la cacerola con el sombrero puesto para poder salir rápido al colegio cuando la llamaran por alguna perrería del tío.

Les gustaban los chicos. Y siempre tenía un lugar lleno de caramelos para cuando llegaban los sobrinos. También un cajón con lápices para cuando iban los Payró, chiquitos, para que tuvieran con qué entretenerse.

Como tantos inmigrantes judíos que venían de pasados sufridos, no hablaban de su pasado.

sábado, 11 de junio de 2016

la generación de mis abuelos - 1


La generación de los abuelos

Debería empezar con la bisabuela. Pero no me han llegado historias de ella. Los únicos datos son los que da el propio Alberto que comenta que su madre, y como consecuencia de la viudez temprana y la responsabilidad de la educación de sus 5 hijos, se había convertido en una mujer temerosa. Fue su temor y, supongo yo, su poca costumbre de la vida campesina, la que la trajo a la ciudad, abandonando el sueño del bisabuelo de vivir de lo producido en el campo. Cuenta Alberto en sus memorias, que su madre iba a inspeccionar su lugar de trabajo y que en alguna oportunidad le insistió que abandonara su ocupación por considerarla peligrosa.

Tuvo 5 hijos, que por orden alfabético fueron Alberto, Bernardo, Cecilia, Rosa y Sofía.

Alberto Gerchunoff, fue el más conocido. Existen varios libros que lo retratan y recuerdan en su faceta profesional.  Yo no lo conocí, pero su nombre era venerado en la familia. Sólo reproduzco aquí una anécdota que contaba mi padre. Después del casamiento y en oportunidad de la primera visita del ilustre tío a la casa de su sobrina recién casada, Alberto lo miró a papá y le dijo: te prohíbo que me llames tio!

Estaba casado con la Tía Teresa. Tuvieron solo hijas mujeres. Ana María, Blanca, Rosa Esther y Lia. Trabajaba en el Diario La Nación y había viajado por el mundo. Hacia 1914 estaba en Berlin, de donde es la foto que acompaño.  

 



Del otro varón Gerchunoff no se sabe nada. A Bernardo parece habérselo tragado la tierra. Anita dice que se fue al Paraguay y que no supieron más de él. En el listado de Judíos de Argentina de 1947 figura un Bernardo Gerchunoff con domicilio en la Calle Bartolomé Mitre. En los registros de matrimonios figura su casamiento con la Srta Bertha Milier. Pero parece ser un homónimo. Figura enterrado en La Tablada, fallecido en 1998. Su fecha de nacimiento es en 1913, según los registros de la AMIA. Por la edad, pertenecería a la generación de nuestros padres.

De las hermanas Gerchunoff, Sofía, según la visión familiar, fue una mujer de mucho carácter. Se casó con Hersch Halperin (Enrique en los documentos argentinos) y tuvo 7 hijos varones. Gregorio, Jacobo, Arón, Lázaro, Nicolás, Isaac y Leonardo y como si eso no fuera suficiente, se hizo cargo de los hijos de su hermana Rosa cuando ésta falleció. Además, cuando llegaban las vacaciones, también incorporaba a los hijos de su otra hermana, la tía Cecilia.  

Cecilia se Casó con Miguel Wolovick. De la tía Cecilia solo sé que cosía muy bien. Anita conserva una foto de ella, ya muy viejita, en la que se reconocen aún las delicadas facciones de aquella joven parada entre sus 2 hermanos en la tradicional foto familiar



 

Rosa – mi abuela – se casó con Leon Weber. Siempre me intrigó cómo fue que el abuelo, llegado a la Argentina en 1908 a los 29 años, según consta en su certificado de inmigración, 4 años después ya estaba casado. Creo haber resuelto el enigma, gracias a una charla con mi prima Sofía Halperin, más conocida entre los de mi generación como Guchi.

El abuelo León había llegado a la Argentina en un barco de la compañía naviera Dreyfus. Según sus cuentos - que poblaron mi infancia junto con sus sobrecitos de queso Petit Suisse - se escapó de Rumania porque no quería pasarse el resto de su vida en el servicio militar. Me cuenta mi hermano Miguel, que el abuelo vivía en Neamt, Rumania – en la región de Moldavia. De paso, buscando datos encontré que en Neamt el apellido Weber es como el García en la guía de teléfono de la Argentina. De allí, portador de una hogaza de pan, un tarro de dulce y un pedazo de pastrom, se dirigió seguramente hasta el mar Negro. En algún puerto, consiguió esconderse en un barco que zarpaba con destino al mediterráneo. Según su relato, lo descubrieron y le costaba entenderse con el capitán, pero que entre el Idish y el Rumano, logró explicarse. Entendieron su situación y le ofrecieron trabajo a cambio del pasaje gracias a que el barco pertenecía a Dreyfus. Trabajó para esta compañía en Europa y después eligió la Argentina como destino para seguir trabajando para la misma empresa.

Enrique Halperín, el marido de Sofía, también trabajaba en Dreyfus en Buenos Aires. Resulta obvio pensar que a partir de este lugar de trabajo común se produjo el encuentro entre Rosa y León. De este matrimonio nacieron 3 hijos, Ana Sofía, Frida (mamá) y Gregorio (Yoyo) que como corresponde, llevaba el nombre de su abuelo muerto violentamente.

Del abuelo tengo miles de historias. Durante mi primera infancia venía a almorzar a Acassusso los domingos. En esa época vivían en mi casa los abuelos Kurlat. Eso merecerá un capítulo completo más adelante. Miguel y yo esperábamos ansiosos la llegada del abuelo que siempre traía en el bolsillo del Perramus (así llamaba a su sobretodo) los sobrecitos de Petit Suisse. Recuerdo la desilusión terrible que sentimos el primer domingo en que llegó, puntual como siempre, pero sin los sobres. No podíamos entender que se los hubiera olvidado. Y él tampoco entendía que pedíamos. Se había olvidado.

Algún tiempo después, y dado que ya no podía vivir solo debido a su problema de memoria, el abuelo se mudó a casa. De esa época tengo muchas historias.

Hasta ese entonces, la Argentina de 1950 a 1970, teníamos las puertas abiertas. Solo se cerraban con llave por la noche. Los chicos jugábamos en la vereda e íbamos a casa de los vecinos donde entrábamos como pancho por su casa. Nosotros teníamos al lado a la familia Goldberg con quienes vivimos una infancia de juegos y complicidades. La llegada del abuelo a casa trastocó las costumbres. Desde ese momento las puertas se cerraron con llave. Hasta la puerta de entrada lateral, por la que se accedía al jardín y a la entrada de servicio debía permanecer siempre con llave.

El abuelo salía a pasear y se perdía en el barrio. A pesar de las precauciones, siempre terminaba saliendo. Mamá se angustiaba terriblemente cuando se perdía. Salíamos todos por el barrio a buscarlo. Muy a menudo algún vecino que lo conocía lo traía de vuelta. Le habíamos cocido una etiqueta en el interior del perramus, sobre el bolsillo con su nombre, el teléfono y la dirección de casa.

Tenía un libro de contabilidad en el que todos los días hacía sus cuentas. Según su libro, tenía ahorrada una fortuna. Algo asi como $ 550.000 de entonces. No gastaba nada, pero igual todos los días hacia su balance. Tenía unos viejos billetes sin valor con los que alguna vez pretendió pagar el colectivo para ir al trabajo.

Ese era su desvelo. No había manera de que se acordara de que hacía años que estaba jubilado. Todas las mañanas se despertaba a las 5 de la mañana y se vestía para ir al trabajo. Mamá trataba de razonar con él, lo que solo conseguía enojarlo más.

“Estas mujeres me quieren hacer perder el trabajo” decía cuando entre Hortensia – la empleada que vivía en casa – y mamá le explicaban pacientemente que ya no trabajaba.

Por suerte, Hortensia tenía mucha inteligencia y menos compromiso emocional con el abuelo. Con lo cual le sugirió a mamá que le dejara a ella el tema. Empezaron por guardarle los zapatos bajo llave, asi no podía escaparse sin que lo escucharan. Hortensia tenía la habitación cerca de la del abuelo, y lo escuchaba hacer ruido buscando sus “botines”. Se levantaba entonces y le preguntaba al abuelo que necesitaba. La respuesta invariable era: los botines, tengo que llegar a tiempo al trabajo. La respuesta de Hortensia tenía algunas variantes.

“Pero abuelo, hoy es 9 de Julio, es feriado. No se trabaja!” El abuelo entonces pedía disculpas por haberla despertado y se volvía a dormir. Cuando se despertaba no se acordaba de la conversación de las 5 de la mañana.  Las variantes consistían en: 25 de mayo o domingo.

Tuvimos que clavar la persiana de la habitación del abuelo. Cuando mamá y papá planeaban la casa de Acassusso, tuvieron que agregarle una habitación con baño en la planta baja para los abuelos Kurlat. En ese cuarto dormía el abuelo León. Preocupado por su encierro, y porque sentía que tenía que ir al puerto, una mañana levantó la persiana y se descolgó por la ventana. Eso fue antes de que le escondieran los zapatos y provocó una crisis doméstica. Estuvo horas perdido hasta que lo trajeron a casa.

Le gustaba el café con leche hirviendo. Nunca estaba suficientemente caliente, a menos que se lo viera haciendo burbujas de hervor. Se ponía un terrón de azúcar en la boca y se tomaba el café casi de un sorbo. En la cena, mamá le ofrecía repetir el plato. Su respuesta invariable era: si te sobra. Mamá se ponía como loca con la contestación. También invariablemente le decía: si te ofrezco es porque hay suficiente. Pero no había caso. Era el clásico de las cenas con el abuelo.

Hay anécdotas que contaba el tío Jaime sobre el abuelo y la vida de los jóvenes sobrinos. Como el abuelo trabajaba en el puerto siempre había en su casa buen vino francés. Un verano que la tía Sofía estaba en La Cumbre con los más chicos y las mujeres de la familia, los que se habían quedado estudiando en Buenos Aires, en casa del abuelo León, hicieron una incursión en la bodega. Encontraron un buen vino blanco y sin dudarlo hicieron un clericó para la farra y el calor. En medio del festejo cayó el abuelo. Jamucho contaba que, sin titubear, le convidaron el brebaje a don León que después de probarlo y relamerse, les alabó la calidad del vino usado, sin caer en cuenta de que era el propio.

Seguramente cada uno de los descendientes de León Weber, tiene anécdotas que contar. Una muy graciosas que tengo yo, es del último tiempo en que el abuelo vivió con nosotros. A mí se me había dado por escuchar la 9ª Sinfonía de Beethoven. Un día estaba en el living de casa escuchando el 4º movimiento cuando veo que el abuelo me hace señas de que me acerque. Voy a ver que necesita y él mete la mano en el bolsillo, saca unos billetes viejos y ajados y me dice:

“y se le damos unos pesos para que se vaya a cantar a su casa” …

Pobre Abuelo, no entendía que la soprano que cantaba no estaba en el living de mi casa, en persona. Me dio tanta ternura que inmediatamente apagué la música.

Durante un tiempo tenía una persona que lo cuidaba todo el día. No se lo podía dejar solo ni un minuto. Creo que algún tiempo estuvo en lo de Ana y Juan. Después resultaba imposible la convivencia con nietos adolescentes que invitaban amigos, entraban y salían de la casa todo el tiempo y si...  dejaban las puertas abiertas. Los últimos años los pasó en un geriátrico.

Cuando falleció, lo velamos en casa, en su habitación. Recuerdo que vino mucha gente a saludar. Pero lo que más recuerdo es que se acercó un señor, bastante mayor, que venía a prestarle sus respetos a Don León. Se presentó diciendo: soy Sacomano, fui su chofer.

Muchos años después de esto, cuando Diego, mi hijo mayor, estaba en 3er grado del colegio, a una vecina le tocaba buscar a los chicos a la salida del colegio. Me llamó a casa para pedirme que fuera yo, porque ella estaba demorada en el trabajo. Si bien nos conocíamos de la puerta del colegio y porque los chicos jugaban juntos, no sabía yo dónde trabajaba. Cuando la vi al día siguiente, le pregunté. Su respuesta me sorprendió: “En Dreyfus”. Vio mi sorpresa y le conté que mi abuelo, León Weber, había trabajado durante años allí. Un par de días después me tocó el timbre de casa para contarme que había preguntado en la compañía por el abuelo. Me dijo muy impactada: “tu abuelo fue una institución en Dreyfus, se lo recuerda mucho y muy bien”. Sentí un enorme orgullo por ese hombrón al que recordaba sobre todo en su declinación. No conocí verdaderamente a ese héroe silencioso que trabajando todos los días en el puerto de Buenos Aires, había forjado una familia luchando solo; les había inculcado el honor y la educación como valores, y no habiendo tenido él estudios dejó 3 hijos universitarios.