La generación
de los abuelos
Debería empezar con la bisabuela. Pero no me
han llegado historias de ella. Los únicos datos son los que da el propio
Alberto que comenta que su madre, y como consecuencia de la viudez temprana y
la responsabilidad de la educación de sus 5 hijos, se había convertido en una
mujer temerosa. Fue su temor y, supongo yo, su poca costumbre de la vida
campesina, la que la trajo a la ciudad, abandonando el sueño del bisabuelo de
vivir de lo producido en el campo. Cuenta Alberto en sus memorias, que su madre
iba a inspeccionar su lugar de trabajo y que en alguna oportunidad le insistió
que abandonara su ocupación por considerarla peligrosa.
Tuvo 5 hijos, que por orden alfabético fueron
Alberto, Bernardo, Cecilia, Rosa y Sofía.
Alberto Gerchunoff, fue el más conocido. Existen
varios libros que lo retratan y recuerdan en su faceta profesional. Yo no lo conocí, pero su nombre era venerado
en la familia. Sólo reproduzco aquí una anécdota que contaba mi padre. Después
del casamiento y en oportunidad de la primera visita del ilustre tío a la casa
de su sobrina recién casada, Alberto lo miró a papá y le dijo: te prohíbo que
me llames tio!
Estaba casado con la Tía Teresa. Tuvieron solo
hijas mujeres. Ana María, Blanca, Rosa Esther y Lia. Trabajaba en el Diario La
Nación y había viajado por el mundo. Hacia 1914 estaba en Berlin, de donde es
la foto que acompaño.
Del otro varón Gerchunoff no se sabe nada. A Bernardo
parece habérselo tragado la tierra. Anita dice que se fue al Paraguay y que no
supieron más de él. En el listado de Judíos de Argentina de 1947 figura un Bernardo
Gerchunoff con domicilio en la Calle Bartolomé Mitre. En los registros de
matrimonios figura su casamiento con la Srta Bertha Milier. Pero parece ser un
homónimo. Figura enterrado en La Tablada, fallecido en 1998. Su fecha de
nacimiento es en 1913, según los registros de la AMIA. Por la edad,
pertenecería a la generación de nuestros padres.
De las hermanas Gerchunoff, Sofía, según la
visión familiar, fue una mujer de mucho carácter. Se casó con Hersch Halperin
(Enrique en los documentos argentinos) y tuvo 7 hijos varones. Gregorio,
Jacobo, Arón, Lázaro, Nicolás, Isaac y Leonardo y como si eso no fuera
suficiente, se hizo cargo de los hijos de su hermana Rosa cuando ésta falleció.
Además, cuando llegaban las vacaciones, también incorporaba a los hijos de su
otra hermana, la tía Cecilia.
Cecilia se Casó con Miguel Wolovick. De la tía
Cecilia solo sé que cosía muy bien. Anita conserva una foto de ella, ya muy
viejita, en la que se reconocen aún las delicadas facciones de aquella joven
parada entre sus 2 hermanos en la tradicional foto familiar
Rosa – mi abuela – se casó con Leon Weber. Siempre
me intrigó cómo fue que el abuelo, llegado a la Argentina en 1908 a los 29 años,
según consta en su certificado de inmigración, 4 años después ya estaba casado.
Creo haber resuelto el enigma, gracias a una charla con mi prima Sofía
Halperin, más conocida entre los de mi generación como Guchi.
El abuelo León había llegado a la Argentina en
un barco de la compañía naviera Dreyfus. Según sus cuentos - que poblaron mi
infancia junto con sus sobrecitos de queso Petit Suisse - se escapó de Rumania
porque no quería pasarse el resto de su vida en el servicio militar. Me cuenta
mi hermano Miguel, que el abuelo vivía en Neamt, Rumania – en la región de
Moldavia. De paso, buscando datos encontré que en Neamt el apellido Weber es como el
García en la guía de teléfono de la Argentina. De allí, portador de una hogaza
de pan, un tarro de dulce y un pedazo de pastrom, se dirigió seguramente hasta
el mar Negro. En algún puerto, consiguió esconderse en un barco que zarpaba con
destino al mediterráneo. Según su relato, lo descubrieron y le costaba
entenderse con el capitán, pero que entre el Idish y el Rumano, logró
explicarse. Entendieron su situación y le ofrecieron trabajo a cambio del
pasaje gracias a que el barco pertenecía a Dreyfus. Trabajó para esta compañía
en Europa y después eligió la Argentina como destino para seguir trabajando
para la misma empresa.
Enrique Halperín, el marido de Sofía, también
trabajaba en Dreyfus en Buenos Aires. Resulta obvio pensar que a partir de este
lugar de trabajo común se produjo el encuentro entre Rosa y León. De este
matrimonio nacieron 3 hijos, Ana Sofía, Frida (mamá) y Gregorio (Yoyo) que como
corresponde, llevaba el nombre de su abuelo muerto violentamente.
Del abuelo tengo miles de historias. Durante
mi primera infancia venía a almorzar a Acassusso los domingos. En esa época
vivían en mi casa los abuelos Kurlat. Eso merecerá un capítulo completo más
adelante. Miguel y yo esperábamos ansiosos la llegada del abuelo que siempre
traía en el bolsillo del Perramus (así llamaba a su sobretodo) los sobrecitos
de Petit Suisse. Recuerdo la desilusión terrible que sentimos el primer domingo
en que llegó, puntual como siempre, pero sin los sobres. No podíamos entender
que se los hubiera olvidado. Y él tampoco entendía que pedíamos. Se había
olvidado.
Algún tiempo después, y dado que ya no podía
vivir solo debido a su problema de memoria, el abuelo se mudó a casa. De esa
época tengo muchas historias.
Hasta ese entonces, la Argentina de
1950 a 1970, teníamos las puertas abiertas. Solo se cerraban con llave por la
noche. Los chicos jugábamos en la vereda e íbamos a casa de los vecinos donde
entrábamos como pancho por su casa. Nosotros teníamos al lado a la familia
Goldberg con quienes vivimos una infancia de juegos y complicidades. La llegada
del abuelo a casa trastocó las costumbres. Desde ese momento las puertas se
cerraron con llave. Hasta la puerta de entrada lateral, por la que se accedía
al jardín y a la entrada de servicio debía permanecer siempre con llave.
El abuelo salía a pasear y se perdía en el
barrio. A pesar de las precauciones, siempre terminaba saliendo. Mamá se
angustiaba terriblemente cuando se perdía. Salíamos todos por el barrio a
buscarlo. Muy a menudo algún vecino que lo conocía lo traía de vuelta. Le habíamos
cocido una etiqueta en el interior del perramus, sobre el bolsillo con su
nombre, el teléfono y la dirección de casa.
Tenía un libro de contabilidad en el que todos
los días hacía sus cuentas. Según su libro, tenía ahorrada una fortuna. Algo
asi como $ 550.000 de entonces. No gastaba nada, pero igual todos los días
hacia su balance. Tenía unos viejos billetes sin valor con los que alguna vez
pretendió pagar el colectivo para ir al trabajo.
Ese era su desvelo. No había manera de que se
acordara de que hacía años que estaba jubilado. Todas las mañanas se despertaba
a las 5 de la mañana y se vestía para ir al trabajo. Mamá trataba de razonar
con él, lo que solo conseguía enojarlo más.
“Estas mujeres me quieren hacer perder el
trabajo” decía cuando entre Hortensia – la empleada que vivía en casa – y mamá
le explicaban pacientemente que ya no trabajaba.
Por suerte, Hortensia tenía mucha inteligencia
y menos compromiso emocional con el abuelo. Con lo cual le sugirió a mamá que
le dejara a ella el tema. Empezaron por guardarle los zapatos bajo llave, asi
no podía escaparse sin que lo escucharan.
Hortensia tenía la habitación cerca de la del abuelo, y lo escuchaba hacer
ruido buscando sus “botines”. Se levantaba entonces y le preguntaba al abuelo
que necesitaba. La respuesta invariable era: los botines, tengo que llegar a
tiempo al trabajo. La respuesta de Hortensia tenía algunas variantes.
“Pero abuelo, hoy es 9 de Julio, es feriado. No
se trabaja!” El abuelo entonces pedía disculpas por haberla despertado y se
volvía a dormir. Cuando se despertaba no se acordaba de la conversación de las
5 de la mañana. Las variantes consistían
en: 25 de mayo o domingo.
Tuvimos que clavar la persiana de la
habitación del abuelo. Cuando mamá y papá planeaban la casa de Acassusso,
tuvieron que agregarle una habitación con baño en la planta baja para los
abuelos Kurlat. En ese cuarto dormía el abuelo León. Preocupado por su
encierro, y porque sentía que tenía que ir al puerto, una mañana levantó la
persiana y se descolgó por la ventana. Eso fue antes de que le escondieran los
zapatos y provocó una crisis doméstica. Estuvo horas perdido hasta que lo
trajeron a casa.
Le gustaba el café con leche hirviendo. Nunca estaba
suficientemente caliente, a menos que se lo viera haciendo burbujas de hervor. Se
ponía un terrón de azúcar en la boca y se tomaba el café casi de un sorbo. En la
cena, mamá le ofrecía repetir el plato. Su respuesta invariable era: si te
sobra. Mamá se ponía como loca con la contestación. También invariablemente le decía: si te ofrezco es porque hay suficiente. Pero no había caso. Era el clásico de
las cenas con el abuelo.
Hay anécdotas que contaba el tío Jaime sobre
el abuelo y la vida de los jóvenes sobrinos. Como el abuelo trabajaba en el puerto
siempre había en su casa buen vino francés. Un verano que la tía Sofía estaba
en La Cumbre con los más chicos y las mujeres de la familia, los que se habían
quedado estudiando en Buenos Aires, en casa del abuelo León, hicieron una
incursión en la bodega. Encontraron un buen vino blanco y sin dudarlo hicieron
un clericó para la farra y el calor. En medio del festejo cayó el abuelo.
Jamucho contaba que, sin titubear, le convidaron el brebaje a don León que
después de probarlo y relamerse, les alabó la calidad del vino usado, sin caer
en cuenta de que era el propio.
Seguramente cada uno de los descendientes de León
Weber, tiene anécdotas que contar. Una muy graciosas que tengo yo, es del
último tiempo en que el abuelo vivió con nosotros. A mí se me había dado por
escuchar la 9ª Sinfonía de Beethoven. Un día estaba en el living de casa escuchando
el 4º movimiento cuando veo que el abuelo me hace señas de que me acerque. Voy
a ver que necesita y él mete la mano en el bolsillo, saca unos billetes viejos
y ajados y me dice:
“y se le damos unos pesos para que se vaya a
cantar a su casa” …
Pobre Abuelo, no entendía que la soprano que
cantaba no estaba en el living de mi casa, en persona. Me dio tanta ternura que
inmediatamente apagué la música.
Durante un tiempo tenía una persona que lo
cuidaba todo el día. No se lo podía dejar solo ni un minuto. Creo que algún
tiempo estuvo en lo de Ana y Juan. Después resultaba imposible la convivencia
con nietos adolescentes que invitaban amigos, entraban y salían de la casa todo
el tiempo y si... dejaban las puertas abiertas. Los últimos años los pasó en un
geriátrico.
Cuando falleció, lo velamos en casa, en su
habitación. Recuerdo que vino mucha gente a saludar. Pero lo que más recuerdo
es que se acercó un señor, bastante mayor, que venía a prestarle sus respetos
a Don León. Se presentó diciendo: soy Sacomano, fui su chofer.
Muchos años después de esto, cuando Diego, mi hijo mayor,
estaba en 3er grado del colegio, a una vecina le tocaba buscar a los chicos a
la salida del colegio. Me llamó a casa para pedirme que fuera yo, porque ella estaba demorada en el trabajo. Si bien nos conocíamos de la puerta
del colegio y porque los chicos jugaban juntos, no sabía yo dónde trabajaba.
Cuando la vi al día siguiente, le pregunté. Su respuesta me sorprendió: “En
Dreyfus”. Vio mi sorpresa y le conté que mi abuelo, León Weber, había trabajado
durante años allí. Un par de días después me tocó el timbre de casa para
contarme que había preguntado en la compañía por el abuelo. Me dijo muy
impactada: “tu abuelo fue una institución en Dreyfus, se lo recuerda mucho y
muy bien”. Sentí un enorme orgullo por ese hombrón al que recordaba sobre todo
en su declinación. No conocí verdaderamente a ese héroe silencioso que
trabajando todos los días en el puerto de Buenos Aires, había forjado una
familia luchando solo; les había inculcado el honor y la educación como
valores, y no habiendo tenido él estudios dejó 3 hijos universitarios.


Quique tiene una historia del abuelo, y su relación con Dreyfus que la remontaria a Rumania. Pero mejor que la cuente él
ResponderBorrarQuique tiene una historia del abuelo, y su relación con Dreyfus que la remontaria a Rumania. Pero mejor que la cuente él
ResponderBorrarSegún recuerdo que me contara el abuelo León, la esposa de algún Dreyfus importante, era de la Bezarabia y periódicamente se llevaba para la compañía jóvenes judíos que se hallaban en peligro de leva militar. Así es que consiguió trabajo en el puerto de Hamburgo. Allí se hizo experto en la tipificación del trigo proveniente de Argentina y Brasil. Luego de un año, le ofrecieron trabajo de tipificación en Buenos Aires y decidió venirse a trabajar aquí. A partir de ahí recuerdo una historia que me contara mamá y no se que grado de veracidad tiene. La historia dice que vivía en una pensión en el barrio de congreso y quiso volverse porque no le gustó el trabajo que le dieron pero en la pensión le robaron toda la ropa y entonces lo ayudó un Halperín que trabajaba en Dreyfus. A través de el, conoció a la abuela Rosa
ResponderBorrarNo cabe duda que la que escribe es Isabel Kurlat hija de Frida.
ResponderBorrar