No conocí a los bisabuelos Gerchunoff, ni a
los Weber. Pero si conocí a mi bisabuela paterna, la madre de mi abuela Assa.
Doña Ana Katel de Liebeschütz no tenía casa propia y vivía algunos meses en
casa de cada uno de sus hijos. Así fue como estuvo un tiempo en mi casa de
Acassuso. Era una viejita de pelo gris finito, recogido en un rodete y las
mechas grises se le escapaban y caían al costado de sus orejas. Caminaba
despacio, bastante encorvada y apoyándose en un bastón.
Yo debía tener unos 4 años cuando la bis, como
la llamábamos nosotros, intentaba enseñarme a tejer. Era muy viejita, y tenía
los pies bastante deformados. Hortensia, la misma Hortensia que trabajó después
en casa y que para esa época era una joven empleada, solía cuidarla y contaba
que la bis pedía que la calzara. Invariablemente se quejaba de que le había
puesto los zapatos al revés. Con toda la paciencia del mundo, Teny le cambiaba
el calzado de pie.
-
Ahora sí están al revés, se
sonreía la bis que era consciente de que la había hecho trabajar de más a su
cuidadora.
De mi recuerdo de la bisabuela es este cuento
que escribí hace un tiempo
La Bis
Las 4 mujeres tejen en silencio. Cuatro
generaciones de manos hacendosas que huyen del ocio y crean labores que otros
usarán.
La mayor tiene el pelo absolutamente blanco.
Fino como telaraña, recogido en la nuca en un rodete, las mechas rebeldes
sueltas hablan de manos viejas, incapaces de domarlas. La piel rosada y transparente,
surcada por millones de arrugas, no conoce de cremas, ni de maquillajes. El
sol, el aire y los años trazan su historia en esa cara vieja de cachetes
colgantes. Los ojos son grises y velados por esos infinitos círculos que borran
el contorno de las pupilas en los viejos. Tiene puesto uno de sus habituales
vestidos grises, largos hasta los tobillos, y una pañoleta – también gris –
sobre los hombros. En los pies, lleva puestos unos zapatos negros cerrados, sin
taco, que no disimulan los juanetes. Es mi bisabuela, la Bis, que con sus manos
artríticas sostienen las manos de la menor de las tejedoras. Yo.
A su derecha, está sentada una mujer un poco
más joven, mi abuela. Tiene el mismo pelo finito y el mismo cutis de su madre.
Los ojos, de un celeste lavado, tienen círculos incipientes. A pesar de tener
más de 60 años teje sin anteojos y no por coquetería. No los necesita y no
pierde oportunidad de contarlo. Tiene la piel suave y tersa con las mejillas
rosadas. Sólo alrededor de los ojos hay arrugas. Es una mujer grandota con un
busto abundante. Lleva una pollera que le llega a media pierna y una camisa
negra y blanca. Se abriga con un largo chaleco gris. Frente a ella tiene la
pava y el mate. A pesar de no ser la dueña de casa comanda la cocina con la misma
autoridad que un sargento de caballería.
A su lado, otra mujer, sensiblemente más
joven, teje sin mirar, mientras lee el libro que tiene delante. Mamá, la dueña
de casa, es morocha de ojos oscuros profundos y tristes. El cutis no es tan
suave ni tan transparente. Hay arrugas alrededor de los ojos, líneas profundas
en el seño fruncido en perpetuo interrogante, y un surco profundo entre la
nariz y la boca. Los dientes son
perfectos y cuando se sonríe, mi día se llena de sol. Cuando lee o cuenta
cuentos, se transforma; sus ojos sonríen y se borran las arrugas de la frente.
Lleva puesta una pollera gris y un pullover rojo.
La escena transcurre un día de semana de
invierno, en el comedor diario, contiguo
a la cocina, en el que comemos cuando no hay visitas. La mesa está pintada de
gris, igual que las puertas de los armarios en que se guardan los platos y que
se abren también desde la cocina. La abuela y el abuelo - refugiado en algún
otro lugar de la casa - viven siempre con nosotros. No sé qué llevó a ese arreglo
pero, para mi alegría, tengo quien me mime y me malcríe descaradamente. La Bis no siempre vive con
nosotros. Tal vez sólo está de visita.
Es de mañana. A mis 4 años la abuela decide
enseñarme a tejer. Para que no me lastime eligen unas gruesas agujas de madera.
Voy por el tercer intento de enlazar puntos. La Bis me sostiene la mano para guiarme en mis
esfuerzos por conquistar la primera vuelta, siempre la más difícil. Estoy
sentada en mi sillita gris. Tengo puesta una pollerita escocesa a cuadros rojos,
una blusita blanca y un saquito rojo que tejió la Bis para alguna de mis primas
mayores y que ahora heredé yo. Como ya hay primas más chicas, seguro que alguna
lo va a usar. Tiene una guarda justo por arriba del elástico de la cintura, con
unos perritos en blanco.
Mamá se arregla para salir. Yo me quedo con
las abuelas. Por algún motivo no fui al jardín de infantes. De la cocina viene
un delicioso olor a comida en preparación. Grandes ollas humeantes que mi
abuela destapa, huele y prueba para fastidio de Sofía, la cocinera.
- Acompañá a la bis al baño, ordena la abuela.
Con dificultad la Bis se levanta. Se apoya en su
bastón y en mi hombro. Despacio nos dirigimos al baño de la planta baja, el que
queda al lado del cuarto de los abuelos.
La Bis me deja esperando en la puerta del
baño.
- Me arreglo sola – dice.
Por suerte, porque a mí me da mucha vergüenza
su intimidad y su vejez.
Tarda mucho y me aburro. El piso es de mosaicos, de esos llenos de
piedritas. Salto de una baldosa a otra intentando no pisar las líneas. Canto
una de las canciones que me enseñaron en el jardín. Como la Bis no sale del baño vuelvo al
comedor. Me ligo un reto de la abuela por haber abandonado mi puesto. Recién en
ese momento se percata del tiempo transcurrido y va hasta el baño a preguntarle
a su madre si necesita algo.
Hoy, más de medio siglo después, todavía recuerdo el grito de la abuela y la conmoción
en casa. Como si estuviera viendo una película, veo el living de mi casa con su
gran “bergère” de funda acanalada verde, las persianas al jardín abiertas y la
aspiradora electrolux en medio del camino. Sofía apantalla a la Bis y María, la mucama,
tranquiliza a mi abuela que se tira del pelo y jura que le va a dar un ataque
al corazón.
Estoy muy asustada en medio de tanta
confusión. Nadie se me acerca y tengo mucho miedo. Escondida detrás del sillón,
entre la puerta y la chimenea, chupándome el dedo pulgar, me digo bajito, como
para que no me oigan: se me cayó la
Bis en el baño…

La abuela nuestra era rápida distrubuyendo culpas .....
ResponderBorrarEfectivamente. Así fue como yo terminé comiéndome las uñas. O al menos eso suponía mama.
BorrarLa abuela nuestra era rápida distrubuyendo culpas .....
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